Encantadores


Uno se «des-encanta» de la vida, quizá, desde que se distingue, como dirí­a San Juan Bosco, entre «pan y Pan». Este acontecimiento desafortunado es el que impide seguir «cantando» porque ya nada «encanta» y es, por definición, el anuncio de la vida adulta. Así­, el adulto es que ya no canta y, al mismo tiempo, desencanta porque no está dispuesto a vivir solo semejante desgracia vital.

Eduardo Blandón

Pero tanta miseria serí­a insoportable si no existieran salidas. Uno se las ingenia para encontrar felicidad y el mercado también, gracias al cielo, ofrece oportunidades para el olvido de penas. Entre tantas posibilidades que se ofrecen a mí­ me encanta la propuesta de los artistas: payasos, actores, músicos y en general cualquiera que esté dispuesto a hacer el ridí­culo de manera elegante y digna. Por eso no me molesta que un mago profesional gane mucho dinero y que un actor se vuelva millonario, se lo merecen y, la verdad, nunca son suficientes sus emolumentos para el verdadero favor que nos hacen con su profesionalidad.

He escuchado a algunos quejarse, por ejemplo, porque algún cantante (Michael Jackson, por ejemplo, o Mariah Carey) gane sumas millonarias con la venta de sus discos. Pero, si medimos sus ingresos con la felicidad que pueden provocar en nuestras almas esos talentos (estoy tentado en calificarlos de divinos), creo que todaví­a quedamos en deuda. Tanta dicha en este horroroso valle de lágrimas no tiene precio. Y eso que se dice de estos dos cantantes puede extenderse también a los escritores. ¿Cuánto cuesta «Cien años de soledad» o «Crimen y Castigo»? El precio es infinito.

Por eso estoy persuadido que no hay justicia con los artistas. Si fuéramos sensibles y listos los tendrí­amos en un pedestal, no dejarí­amos que les pegue el sol y serí­an el tesoro más valioso de la nación. Promoverí­amos ese tipo de vocación y existirí­an escuelas de bufones (en el mejor sentido del término). Pero como somos tontos (digo, algunos), solemos no entender la magia y nos falta sentido del humor, premiamos con honores, dinero y mucho reconocimiento al hampón que roba bancos y saquea el Congreso. No valoramos lo importante y en consecuencia vamos por la vida con esa cara de frustración que hace temblar a las estrellas.

Claro, tenemos problemas mentales y no entendemos la vida. De aquí­ que entreguemos un premio ridí­culo al escritor que ha hecho carrera durante toda su vida. Dejamos que los payasos se mueran de hambre, no promovemos el cine y somos muy mezquinos a la hora de retribuir a los intelectuales (que a veces son también artistas, aunque en contadas ocasiones). En estos paí­ses pobres -en toda la extensión de la palabra- queremos que el dueño del circo nos deje entrar gratis, que las conferencias sean remuneradas con sueldo de hambre (algunos también lo quieren gratuito, sin café, tostadas y menos vino) y que el cuenta cuentos pase el sombrero (casi mendigando). Esa es nuestra miseria existencial, no hemos entendido en realidad nada de la vida.

A cambio, los polí­ticos ganan miles y los comerciantes lucran también con los libros y la religión. ¿En qué jodido mundo vivimos? ¿Quién lo habrá hecho tan imperfecto? Aun, con todo, guardo una esperanza: que en el futuro los «encantadores» sean reconocidos y haya un resarcimiento para los que en el camino se murieron de hambre y cayeron en el olvido. Ojalá.