En vez del doblete


En los albores del proceso de apertura democrática, los votos en el Congreso de la República se aseguraban mediante sobres que contení­an el famoso «doblete», provenientes de las generosas partidas de gastos confidenciales que serví­an, entre otros fines, para ir aceitando la maquinaria legislativa. La exigencia de los parlamentarios fue subiendo a tal velocidad, que fue uno de los factores que llevaron a Serrano a disolver el Congreso en el famoso serranazo, causado por el celo del mandatario para proteger «sus confidenciales».


Suprimidas tales partidas tras la reforma constitucional, lo que sucedió formalmente pero no de hecho porque astutamente desde el tiempo de Ramiro de León Carpio se empezó a usar al Ejército y sus partidas secretas como caja chica de la Presidencia, el ingenio de nuestros polí­ticos se puso a prueba. El Presidente argumentaba que no tení­a dinero para rellenar los sobres y los diputados empezaron a imaginar cómo podí­an sustituir ese jugoso ingreso al que no estaban dispuestos a renunciar. Y así­ fue como surgió el famoso listado geográfico de obras, el PACUR y toda idea que asignara a los diputados recurso para que ellos decidieran la contratación de obra. Los diputados más «pilas» se convirtieron rápidamente en contratistas y constructores para canalizar por medio de sus empresas o de ONG que dirigí­an, los millones de la inversión pública y santos en paz.

Eso no quiere decir que no se produzcan ocasionalmente dobletes, que pueden ser mucho más que tripletes, contenidos en sobres misteriosos como cuando sucedió la aprobación de la Transversal del Norte, obra millonaria que se aprobó con celeridad. Y ese es apenas uno de los casos más escandalosos que, justamente por eso, trascendió y llegó al conocimiento público, que hay muchos más en los que entidades privadas que buscan beneficios o tratan de impedir perjuicios, «reconocen» a los diputados su empeño. Sabido es que en algunas legislaturas hasta ha habido grupos de diputados que presentan proyectos de ley que son verdaderos instrumentos de chantaje. Los elaboran y presentan para asustar a un sector, y rápidamente negocian para impedir que la iniciativa se convierta en ley, siempre y cuando les lleguen al precio.

Si a ello sumamos que ahora hay legisladores que hacen leyes para su propio y directo beneficio, entenderemos por qué el Congreso está tan desprestigiado y ha perdido tanto su papel de legí­tima y verdadera representación popular. Es en realidad una agencia de negocios donde los que tienen más saliva tragan más pinol y mientras tanto las leyes importantes para la agenda nacional duermen el sueño de los justos.

El puñado de diputados responsables tendrá que batallar mucho para limpiar el caldero.