El anterior sábado 22 de marzo se cumplieron 29 años del asesinato de que fuera víctima el dirigente socialdemócrata Manuel Colom Argueta, uno de los alcaldes más progresistas y fecundos de Guatemala y líder indiscutible de todos aquellos revolucionarios que optaron -en medio de la encarnizada represión de los gobiernos militares- por la vía electoral, a sabiendas que sería casi imposible acceder al poder mediante consultas democráticas.
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Hasta el último momento de su vida, Colom Argueta defendió el derecho inalienable y soberano del pueblo de organizarse políticamente, exigiendo a los regímenes autoritarios que respetaran la voluntad de los guatemaltecos de escoger su propio destino, sin la opresión de las ensangrentadas bayonetas ni las latentes amenazas del cómplice capital oligárquico.
Podría abundar en argumentos acerca de la preclara figura de Colom Argueta, pero prefiero ceder parte de mi espacio para dar cabida parcial y resumidamente a un mensaje que recibí de mi viejo amigo Factor Méndez Doninelli, quien califica a Manuel como «el último líder nacional, popular y revolucionario del siglo XX», y quien fue asesinado «por un grupo de sicarios dirigidos por altos oficiales del Ejército Nacional, en el marco del terrorismo de Estado y de la política contrainsurgente de las dictaduras militares»
Afirma Factor que «la ejecución del líder revolucionario fue urdida entre militares, acompañados por los grupos paralelos y poderosos ocultos, el capital transnacional, empresarios locales y la oligarquía, que sintieron el peso popular del liderazgo de Colom Argueta, quien en caso de llegar a la Presidencia de la República, pondría en riesgo sus intereses económicos».
Es que el peso político de Manuel era tan evidente y su popularidad trascendía las fronteras latinoamericanas, que de no haber sido asesinado, seguramente hubiese sido candidato presidencial del FUR y de múltiples organizaciones populares, y ni siquiera el poder militar y su connivencia con la plutocracia, habrían logrado impedir su victoria, en vista de la eventual presión nacional e internacional.
Recuerda Méndez Doninelli que Colom Argueta fue fundador y secretario general del FR, promotor y constructor del Frente Nacional de Oposición durante el gobierno militar de Arana Osorio, y se consideraba seguidor de los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo írbenz Guzmán. «Fue un dirigente revolucionario, civilista y antiimperialista -enfatiza- que creyó en la democracia burguesa y en la posibilidad de acceder al poder por la vía electoral sin el uso de la violencia, para impulsar cambios estructurales que la sociedad guatemalteca requiere, profundos y acelerados, así como modificar el sistema de injusticia, desigualdad e irrespeto a los derechos humanos que seguimos sufriendo en el presente».
Manuel Colom Argueta fue eliminado por las fuerzas oscuras que han dominado a Guatemala desde siempre, salvo la época de la Primavera Democrática de 1944/1954, y «sus asesinos -subraya Méndez Doninelli- asestaron un duro golpe a las organizaciones revolucionarias y a los sectores populares, democráticos, progresistas y antiimperialistas.
Trae a la memoria que el día de su sepelio, cuando cientos de miles de jóvenes, mujeres, estudiantes, obreros, trabajadores, maestros, combatientes, discípulos, compañeros y camaradas suyos acompañaron sus restos con profundo pesar, indignación y coraje. Se calcula que alrededor de 800 mil personas participaron en el cortejo fúnebre, habiéndose convertido en la más grande demostración de repudio a la dictadura militar y a la política contrainsurgente de esa época.
Méndez Doninelli termina su mensaje así: «Como miembro de la Dirección Nacional del Frente Unido de la Revolución de aquel momento y compañero de Colom Argueta en la lucha revolucionaria de esos años, me sumo a los homenajes que se realizan en ocasión del XXIX aniversario de su ejecución; que hago extensivos a la memoria de todos los patriotas revolucionarios mártires, recordando que la lucha iniciada continúa vigente»
(Romualdo Tishudo, al referirse a los asesinos de Colom Argueta y todas las víctimas de la represión militar, cita a Hesíodo: «Desde el instante en que el hombre comete un crimen entra el castigo en su corazón»).