En permanente expectativa


Bastan dos dedos de frente para percibir que los guatemaltecos en su mayorí­a muestran esta condición de permanente expectativa en todo sentido, que sale a colación en cualquier momento de la cotidianidad. A semejanza de un hierro candente, responsable de tamaña expresión conductual tenaz por lo visto.

Juan de Dios Rojas
jddrojas@yahoo.com

Vivimos en eterna esperanza de conseguir al fin lo que nos proponemos alcanzar, tarde o temprano, con ansias y acaso desvarí­o. Esto dista de ser reciente, por el contrario viene desde tiempo remotos, siendo parte del costumbrismo y también de las tradiciones acentuadas. Sin embargo, difí­cil tenga concreción.

Respecto al actual estado de crisis económica, constantemente nos acompaña con firmeza la espera de un cambio beneficioso. A la postre posibilita dicho aberramiento personal el accionar de motivaciones y el mantenimiento de la autoestima. Ese talvez mañana o pasado mañana, sirve de alientos fallidos.

Ante los fenómenos de í­ndole socioeconómicos una leve esperanza levanta sentimientos alicaí­dos. En el sentido que a corto plazo encuentra fuentes de trabajo, capaces de mejorar la calidad de vida, hoy por los suelos. Empero, la realidad es bien difrente y aleja de consiguiente aquellos sueños de fantasí­a.

Referente al gigantesco, a la vez dantesco problema de la inseguridad, violencia y delincuencia imperantes, pese a la danza macabra del derramamiento de sangre, no pierden la esperanza. Empero, reaccionan con lo pies sobre la tierra y alejan los propósitos de su espí­ritu, en la cuerda floja más y más.

Ello por que al final del túnel se enciende la luz y comprende, aunque de manera tardí­a, la incapacidad de cambio, elemento traducido en clamores colectivos. Hasta llegan después a ya no alimentar esperanzas y reconocer que dicho vendaval patético arrasa a su paso cuanto encuentra, sin solución o alivio siquiera.

Cuando vive los perí­odos preelectorales cada cuatro años, vuelve otra y otra oportunidad a sentir ilusiones y posibilidades de cambio. Vale decir las permanentes expectativas le pintan un panorama promisorios y factible de mejoramiento. El mundo politiquero encuentra presa fácil de volcar votos en su beneficio, nada más.

Los graduados del nivel diversificado y universitario, tras ingentes luchas, empeños y esperanzas viven ilusiones a montones: Crecen expectativas de conseguir un puesto en el campo laborar, no obstante los reducidos vacantes que conforman la oferta y las interminables competencias, pasan las de Caí­n sin excepción.

La población, directa o indirectamente depende de los precios de todos los combustibles por cuanto que según aparezca el fenómeno de las alzas en los precios, así­ se elevan de inmediato, no a propósito de las bajas en detrimento de sus bolsillos. Razón demás para permanecer en una eterna expectativa a veces inútiles.

Como el transporte urbano y extraurbano se centraliza al repercutir demasiado en sus endebles ingresos, viven en permanente expectativas de mejora y cambio. No lo uno ni lo otro. Las unidades continúan deterioradas y el subsidio estatal suelen obtenerlo los transportistas, inclusive para las que no funcionan.

De modo y manera que la caracterí­stica en mención consistente en vivir en permanente expectativa los connacionales pasan a formar parte de la rutina diaria. Por lo tanto cuando menos sirve de situaciones de mantener aquí­ y allá la esperanza, probado está en lo último que pierden los chapines.