María Abarca, madre soltera, bautizó a su hija con el nombre de Resurrección porque la dio a luz un Domingo de Resurrección y porque debido a una trascendental decisión suya, su hija es, para ella, un milagro de resurrección.
Es que María Abarca, joven estudiante de medicina, cuando tenía 18 años enamoró locamente de un músico roquero que la embarazó y luego la abandonó.
María Abarca se imaginaba lo que se avecinaba de parte de sus padres y hermanos, la vergí¼enza ante sus compañeros universitarios, y la incertidumbre de su futuro, ya que como madre soltera no podía culminar sus estudios.
Como es natural, María pensó que una solución sería abortar, algo que, dada su condición de estudiante de medicina no se le dificultaría mucho.
Pensó entonces acudir a una de esas clínicas con nombres eufemistas en pro de no sé qué, donde se practican asesiabortos utilizando la más alta tecnología. Es más, habiendo recibido clases de un médico abortero que trabajaba en esas clínicas, podría hablarle para que la ingresara con un nombre ficticio y él mismo ejecutara el asesinato de su hijo.
Sin embargo, el solo pensar en deshacerse de su hijo le hacía sentirse indigna y traidora. Es que esas tentaciones que revoloteaban en la cabeza de María se enfrentaban con aquellas otras sólidas creencias que en el curso de sus estudios y prácticas, sobre todo en Embriología y Bioética Reflexiva, ella albergaba en su mente y en su corazón. María había llegado así a comprender que desde el momento en que se fusionan, en que se ligan un espermatozoide con un óvulo se inicia la existencia de un nuevo homo. Ella sentía la presencia, en su vientre, de su hijo niño.
María la estudiante de medicina había llegado a comprender, y así lo sentía, que la vida es una sinfonía interpretada por maestros músicos que con sus instrumentos conforman una orquesta impresionante que es un genoma presente en su matriz. María estaba convencida de que esa orquesta conformada por 70 mil maestros instrumentos, que son los genes, 35 mil genes espermatozoide y 35 mil genes óvulo que, al unirse hacen surgir música sinfónica que es vida. María podía ver ese preciso momento en que se ligan, y que chocan, así como chocan uno con otro los platillos y las baquetas con los trombones, y puede ella oír la interpretación de una sinfonía que es la sinfonía de la vida con su obertura y su finale. El de ella estaba interpretando el preludio o ya, talvez, la obertura.
Ella lo comprendía y lo sentía en su vientre y, lograba escuchar la música de su recién concebido. Decidió no matarlo.
María allá en México, dio a luz a su hija a quien le puso por nombre, Resurrección. Ahora, Resurrección, la hija milagro, de rodillas, le da las gracias a su madre por haberla dejado vivir.