Vendiendo periódicos, billetes de lotería y realizando trabajos pesados, adultos mayores en condiciones precarias y sin protección gubernamental o del seguro social buscan recursos para sobrevivir. En algunos casos acompañados por sus seres queridos, y en otros, abandonados por sus familias, hombres y mujeres de la tercera edad se enfrentan a las difíciles condiciones de vida en Guatemala, con la marginación de la sociedad y el Estado.



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Todos los días, Julián Chacón se levanta a las cinco de la mañana y camina un kilómetro y medio para llegar a una zona residencial de Fraijanes, donde trabaja de manera informal como encargado de la limpieza y ornato.
Sin desayunar, trabaja en la mañana durante cuatro horas limpiando aceras y, con un esfuerzo extra, arregla los jardines de los vecinos de la localidad, hasta que al mediodía recibe un plato de comida y un pago con el que apenas puede sufragar algunos de sus gastos.
A los 69 años, dice Julián, no hay otra alternativa más que trabajar como jardinero, cuando no se tiene estudios ni familia que le ayude a sobrevivir.
“Uno tiene que vivir de lo que le dan porque no queda de otra. Me duele bastante la espalda para agacharme, pero tengo que trabajar en el campo y así son las cosas aquíâ€, señala.
Por otro lado, Esteban Cantú, en la zona 10 capitalina, dice que ya rebasa los 65 años, pero no puede dejar su venta ambulante de cigarros, confitería y tarjetas de celular, pues es la única forma en la que se puede ganar la vida.
“Vivo con mi hija, su marido, y cuatro nietos, pero todos tenemos que trabajar para poder llevar comida a la casaâ€, asegura.
Al ser consultado sobre las ayudas del Estado para las personas de la tercera edad, Esteban dice que desconoce esas iniciativas, pues no sabe leer y escribir, y concentra sus esfuerzos diarios en su trabajo.
El problema del abandono de las personas de la tercera edad es común, no sólo en el departamento de Guatemala, sino también en el interior de la república, e incluso, en comunidades donde antes se mantenía una fuerte conexión con los adultos mayores.
Como resultado de esa situación, la marginación de ancianos salta a la vista en las calles y en los sectores más pobres de las áreas urbanas y rurales, en donde tienen que buscar sus propios medios para sobrevivir.
SIN PROTECCIí“N
La escasa ayuda de las instituciones gubernamentales y el seguro social para las personas de la tercera edad es parte medular de este problema.
Los montos de las pensiones y jubilaciones estatales no concuerdan con el costo de vida actual, mientras que el seguro social acoge a un escaso porcentaje de población con el programa de Invalidez, Vejez y Sobrevivencia, y los Q400 que ofrece el Ministerio de Trabajo son insuficientes para cubrir las necesidades de las personas.
De acuerdo con Alcira Tobar, defensora del Adulto Mayor de la Procuraduría de los Derechos Humanos (PDH), en Guatemala existe la Ley sobre un aporte económico Decreto 85-2005, en el cual las personas que no cuentan con cobertura social reciben Q400 por parte del Estado.
Según la representante de Ombudsman, en Guatemala hay casi un millón de adultos mayores, y únicamente el 12 por ciento tienen una pensión o una jubilación, mientras que el resto –cerca del 88 por ciento– se encuentran sin cobertura social; la mayoría de estos adultos mayores viven en pobreza y pobreza extrema.
Según Tobar, aunque algunos son beneficiarios de la Ley del Aporte Económico, no todos cuentan con una pensión o jubilación, lo que les limita para subsistir y cubrir sus necesidades básicas.
En algunos casos la familia los apoya, pero en su mayoría sus parientes los dejan marginados o los abandonan en la pobreza.
Pero de acuerdo a la licenciada Tobar, los Q400 que ofrece el Gobierno sirven únicamente para paliar las necesidades primarias de los beneficiarios, pues con esa suma no se puede pagar la renta de una habitación, tampoco es suficiente para acceder a una dieta adecuada –adultos mayores necesitan una dieta balanceada–, y en su mayoría, los receptores la utilizan para comprar algunos medicamentos.
RESPUESTA INTEGRAL
Amalia Palomo, es una jubilada por el Estado, que trabajó como secretaria comercial.
“Como secretaria trabajé cerca de 40 años. Antes de llegar al Estado trabajé en la iniciativa privada muchos más años que con el Gobierno. A los 65 años me jubiléâ€, indica Amalia.
“Lo que recibo es para mí, además recibo ayuda de mi esposo e hijos. Estoy segura de que a otras personas no les ayudan, porque hay hijos que no son responsables, dejan a los padres solosâ€.
En coincidencia, Manuel Armas, de la Asociación de Jubilados y Pensionados de la Empresa Guatemalteca de Telecomunicaciones (Guatel), dice que la mayoría de adultos mayores en Guatemala dependen de sus familias, de la caridad, o de su propio trabajo.
Incluso, jubilados como los que una vez trabajaron en Guatel, se encuentran en condiciones precarias, pues el Congreso no ha promovido la aprobación de la legislación que necesitan para agenciarse de fondos para su retiro.
Cerca de mil 740 extrabajadores de la antigua telefónica estatal dependen de sus familias o han caído en la pobreza extrema, como consecuencia de la actitud del Legislativo.
“Si no fuera por la pensión que algunos reciben por parte del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) y de la ayuda que nos brindan nuestras familias, no tendríamos recursos económicos, pero estamos conscientes de que se trata de un problema nacional, que no necesita más parches, sino soluciones integralesâ€, puntualiza Armas.
La jornada aún no acaba
Pese a su avanzada edad, para don Rigoberto o “abueloâ€, como cariñosamente le dicen las personas que lo conocen, la jornada aún no termina.
Y por eso, cada tarde, sobre la sexta avenida de la zona 1 –a un costado del Portal–, se dedica a vender periódicos.
“Dios, tan lindo, tan maravilloso; no pidamos libre albedrío, sino el deseo de trabajar como las hormigas; ellas trabajan en verano, trabajan en invierno, no descansan porque no hay cosa más linda que el trabajo, nos dignifica. Dios al fin nos mete el hombro para que nosotros en todo podamosâ€, dice.
Su cabello gris, las marcas en su rostro y sus ojos, que se llenan de lágrimas al recordar todo lo que ha vivido, forman la expresión del esfuerzo que le ha permitido salir adelante con mucho trabajo.
Rigoberto relata que desde muy pequeño comenzó a trabajar, estudió, leyó muchos libros y trabajó en la Dirección General Caminos; es técnico en radio y televisión y se preparó desde “patojo†para poder trabajar.
Sin embargo, asegura que no tuvo suerte como los demás, pues aunque quiso formar una familia, no tuvo los recursos para lograrlo.
Ahora se dedica a la venta de periódicos y reside en la zona 3 con otro grupo de personas de la tercera edad.
No recibe una pensión, pues no consiguió jubilarse, carece de ayuda a estatal –a diferencia de otras personas de su edad– y no cuenta con el respaldo del seguro social o un seguro médico.
Su futuro está en la venta de periódicos, pero no se sabe qué hará cuando ya no pueda salir a venderlos todas las tardes.
“A mí me duele mucho. Mi destino no tuvo tan buena suerte. Hay muchos que sufren así, pero realmente a veces como que siendo uno negrito no lo quierenâ€, explica.
“Tengo muchos años, pero mi pasión es dejar un mundo mejor que el que encontramos, finaliza el “abueloâ€, mientras dibuja una sonrisa en su rostro, para luego seguir con su rutina diaria.
Es poco, pero sirve
En una tarde fresca, bajo la sombra de los árboles que acogen a los visitantes en la Plaza de la Constitución se encuentra Romeo Aguilar, de 72 años y originario de Jutiapa.
“Fui maestro por nueve años, pero se ganaba muy poquito, así que decidí poner mi propio negocio para ganar unos centavitos extras. Ahora estoy pensionado por la tercera edad por el Ministerio de Trabajo. Estoy gozando ese beneficioâ€, indica.
De acuerdo con Romeo, la ayuda mensual es de Q400 y aunque no es mucho “a varios nos ha beneficiado bastante, pues para los que no tuvimos jubilación, eso ya es una esperanza. Es poquito dinero, pero nos ayuda bastanteâ€.
A pesar de la ayuda, el trabajo sigue siendo parte de su vida diaria. “Soy tipógrafo. Aprendí mi oficio desde los 13 años, y desde entonces yo me he sostenido con el trabajo de imprenta, área de encuadernación, por allí saco mis centavosâ€.
“Mis hijos no me han abandonado; ellos me ayudan, pero trabajo porque estoy acostumbrado a hacerloâ€, dice don Romeo.
No creo que me ayuden
Francisco Chicoy, de 75 años, trabajó durante ocho años en la iniciativa privada, en una compañía de construcción. Luego decidió trabajar por su cuenta y ahora no recibe ayuda por parte del Estado.
Ya han transcurrido los años y aunque vive con una hija, tiene que trabajar para sobrevivir. “Yo vendo periódicos y con ello me sostengo, y ayudo económicamente a mi hijaâ€.
Bajo sol o lluvia tiene que vender periódicos, y para Francisco esto ya es una “ayudaâ€, pues por la edad que tiene ya no consigue trabajo, y no encuentra otra forma de ganarse la vida de forma honrada.
“Desde los 10 años comencé a trabajar en la agricultura, siembra de frijol y cualquier otro empleo que me saliera. Soy originario de Chimaltenangoâ€.
Ahora don Francisco le “pide a Dios†que por parte de Gobernación Departamental de Guatemala, le puedan brindar alguna ayuda económica, por lo que ha iniciado con el trámite de la papelería para ser beneficiado. “No creo que me la den, pero igual intentaréâ€.
“Vivo con mi hija, su marido, y cuatro nietos, pero todos tenemos que trabajar para poder llevar comida a la casaâ€.
Esteban Cantú
Vendedor