Alguien me decía que en Guatemala estamos fritos. No podemos ir a cenar a lugares públicos porque una balacera le puede costar la vida a uno. No se puede usar el celular porque los ladrones están desatados y por robar el aparato matan a cualquiera. Dios libre al parroquiano que saque su computadora del carro para entrar a su oficina, porque los cacos están prestos para desvalijarlo.
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En realidad, no se puede salir siquiera a la calle porque todas las calles se han vuelto peligrosas y aun actividades «normales» son de alto riesgo, como ir de la casa al trabajo o realizar diligencias comunes. No se puede vivir tranquilo ni siquiera adentro de la casa por lo que nos hemos visto obligados a vivir en colonias cerradas, con guardias privados que rondan para prevenir los asaltos. Los que pueden tienen guardaespaldas o carros blindados, mientras que el resto de la población tiene que orar todos los días para pedir a Dios que les permita volver a su casa.
Viajar en autobús urbano es un acto de altísimo riesgo, no digamos ir a un banco a cambiar un cheque. ¿Tomarse un trago con los amigos en algún sitio de la Zona Viva? Sólo que uno esté loco para asumir el peligro que significa ir a un lugar que ha sido copado por los narcos.
Tenemos que irnos acostumbrando a comprar por Internet porque querer hacerlo en un Centro Comercial es sumamente peligroso, y si no que lo digan los parroquianos de Tikal Futura o de los otros comercios donde han ocurrido balaceras. Basta ver la cantidad de gente armada que hay en cada uno de esos lugares, sin decir nada del rostro de facinerosos de muchos de los que portan de manera descarada pistolas y aun otro tipo de armas, para darse cuenta de cuán regado está el peligro.
Con razón hay tanta gente pensando que en Guatemala ya no se puede vivir, porque cualquier actividad que puede considerarse como normal se vuelve de alto riesgo en este país. Tenemos que acostumbrarnos a vivir como lo hacían los colombianos en los días más violentos del control de los narcos, o como lo hacen los mexicanos en las ciudades más afectadas por la lucha entre cárteles y con las fuerzas del orden es algo similar a lo que tuvieron que hacer los habitantes de Bagdad cuando la muerte rondaba a la vuelta de la esquina.
No es cosa de estratos o de clases sociales. Todos, sin excepción, estamos viviendo las consecuencias de la crisis absoluta en el tema de seguridad ciudadana. Pobres y ricos, niños y adultos, hombres y mujeres, nadie está a salvo porque no hace falta «estar metido en babosadas» para que le toque a alguien la chibolita.
Ahhh, pero sí que hay algo que aquí se puede hacer de manera tranquila, sin temor a que nadie lo moleste a uno. Si usted quiere hacer pisto gracias a la corrupción, tiene todas las facilidades del caso para hacerlo y cuenta con el apoyo y el estímulo no sólo de las autoridades, sino de una sociedad que acepta el trinquete como medio de vida.
Hacer negocios con el Estado es sinónimo de enriquecimiento acelerado. Podrá amasar fortuna y gozar de protección para ser parte de ese selecto grupo de personas que tienen todos los medios para proveerse de seguridad privada que le ponga al margen de las desgracias que caracterizan la vida del resto de ciudadanos de este pobre país. En Guatemala no se puede hacer nada, salvo robar a manos llenas, materia en la que son expertos no sólo los políticos sino también empresarios de nuevo y de viejo cuño.