Como es del dominio de la generalidad, quienes participan de una manera u otra en la política partidista lo hacen pensando en el arribismo, o sea en las posiciones que abundan en la burocracia, no con disposición de contribuir a edificar un Estado de realizaciones beneficiosas para la patria y el pueblo.
Los personajes que se lanzan a la palestra como candidatos a las posiciones de la altura burocrática se desgañitan a lo largo de los jaleos ofreciendo el oro y el moro a la masa popular; pero, a la hora de la hora, cuando vanidosamente han satisfecho sus ambiciones de mando y medro, se colocan de espaldas a la gente que cándidamente les sirvió de escalera para treparse al guayabal.
Los afortunados –digamos– son los líderes partidistas vocingleros que anduvieron en las respectivas campañas alabando la mercancía y, sobre todo, los financistas que volcaron buen metálico para ensalzar a los pretendientes al poder.
Los ciudadanos rasos, de pequeña talla, quedan en la llanura y ni siquiera los vuelven a ver los que cantan gloria, mucho menos los reciben en sus espeluncas donde se han escondido a puerta cerrada para no cumplir las promesas que han resultado falsas.
Así son las cosas de la politiquería. No debemos movernos a engaño, máxime si hemos tomado experiencia en pasadas jornadas cercanas y lejanas…
La juventud, especialmente la juventud que trata de forjar un futuro mejor, promisorio, participa en las campañas electorales con el deseo de lograr cualquier plaza del aparato gubernamental, dispuesta, esa juventud, a iniciar carrera administrativa con el derecho que le asiste a todo ciudadano.
Empero, la administración pública no es propicia para hacer carrera, al menos en este patio centroamericano por mucho que el comportamiento de las personas sea edificante, no propiamente en lo individual, sino en lo estatal con benéfica proyección al país y a todo el conglomerado social.
Simplemente, a título de un ejemplo, diremos que nosotros, cuando apenas arribamos a los 18 junios, quisimos emprender carrera en el mundo burocrático. Eran los oscuros días de una férrea dictadura. Pronto se nos esfumó la ilusión al ver toda una serie interminable de situaciones que chocaban con nuestros explicables y sanos propósitos de contribuir algo, aunque fuese algo, mediante el trabajo con decisión y decencia en puestos de ínfima categoría, muy mal remunerados. El escenario era nuestro recordado y muy querido terruño: la ciudad de Jutiapa, y dos o tres municipios, entre ellos Asunción Mita, todo un bello edén de lindas mujeres en flor… Sentíamos, a pesar del ambiente social tan cautivador, que el horizonte se cerraba más y más como para sentir que estábamos a punto de asfixiarnos…
En los albores de la Revolución del 20 de Octubre del 44, bajo el régimen democrático del doctor Juan José Arévalo, cuando menos pensamos nos llegó la oportunidad de trasladarnos a esta capital y, por intercesión espontánea de un estimado paisano y amigo, empezamos a prestar nuestros servicios en una dependencia gubernamental, pero no tardamos mucho tiempo en autorrelevarnos para promovernos un poco. Pasamos, optimistas, muy complacidos, a ocupar una plaza en el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, donde nos sentimos a gusto. Sin embargo, un 3 de julio de 1954, fecha en que ingresó al país con procedencia de El Salvador el caudillo de la Liberación, coronel Carlos Castillo Armas, se nos dio el “time check” en el IGSS, interrumpiéndose así la pretendida carrera…
Francamente no nos ha gustado estar prendidos a las ubres de la vaca lechera que ahora está inundando la burocracia, incluso con buen pasto que es aprovechado a más no poder y algo más, de ribete, englobado en un sugestivo “etcétera” que mejor lo dejamos de lado.
Y, dicho sea de refilón, nos llena de satisfacción y también de algo de orgullo el hecho de que nunca hemos solicitado una chamba burocrática. Siempre nos las han ofrecido y, en ciertas ocasiones, las hemos rehusado y seguiríamos rehusándolas, a pesar de nuestra vida modesta con necesidades de familia y por no interesarnos. Y decimos esto sin ambages ni reticencias en honor a la verdad. Así que nuestra carrera profesional en las entrañas del monstruo (léase burocracia) no existe ya, sin embargo, vivimos tranquilos, sin que nadie tenga la osadía de zaherirnos con la contumelia.
De manera, pues, que abusando de la paciencia de los apreciables lectores, hemos querido recalcar que en nuestra Guatemala no es dable hacer carrera en la administración pública, gracias a las arbitrariedades e injusticias que cometen los empingorotados funcionarios, quienes, por cierto, pueden estar hoy a sus anchas y en cualquier momento pueden salir con la cola entre las piernas o ir a vegetar a una lúgubre y degradante mazmorra.