Soy un tanto aficionado al fútbol, pero no un experto en la materia como para plantear profundos análisis y circunspectas disquisiciones, como lo hacen algunos brillantes cronistas deportivos que narran los encuentros entre dos oncenas, por radio y televisión, y que llegan al clímax de la sabiduría y la erudición balompédicas cuando uno de los jugadores introduce el balón en la portería contraria.
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Pese a mi ignorancia respecto a la forma como debe estructurarse un equipo en el momento de realizarse la competencia, me agrada cuando los futbolistas, además de meter goles -que es el propósito principal-, trasladan la pelota con estilo, esquivan con sutileza a los jugadores contrarios, regatean con prestancia el balón y no intentan lesionar al futbolista del otro equipo, mediante alevosos puntapiés.
Me satisface observar un partido de fútbol en el que los integrantes de las dos oncenas respetan la integridad física de sus adversarios, tratan la pelota con destreza, juegan con relativa elegancia y con movimientos habilidosos que contienen cierta dosis de espectáculo estético.
Algunos rasgos de esta utopía sólo pueden observarse en escenarios europeos y en la América del Sur meridional, porque en lo que respecta a Guatemala y a la región que futbolísticamente se conoce como la Concafaf los partidos de balompié distan mucho de caballerosidad deportiva, incluyendo los encuentros de las selecciones de cada país.
En lo que atañe propiamente al fútbol guatemalteco, si es que se puede abusar de tan optimista calificativo, es realmente absurdo que se gaste dispendiosamente tanto dinero -cuyo monto ignoro, pero que sospecho- en pagarle a un entrenador hondureño a quien lo único que le interesa es devengar su salario, porque si fuera honesto y conocedor de su profesión, debería renunciar y advertir a la Federación de Fútbol que es inútil mantener un equipo que los sentimientos que más provoca entre los aficionados son de lástima, frustración y engaño.
Resulta patético observar a 11 hombres corriendo infructuosamente tras una pelota, con una delantera incapaz de introducir el balón en la portería contraria, como ocurrió la noche del pasado sábado, aunque jueguen contra 10 futbolistas y se ubiquen todo el segundo tiempo en el área del equipo foráneo, cuyas cualidades compiten con la ineptitud de la selección local.
Lo que me causa pena es la reiterada esperanza de los aficionados que periódicamente es abatida sin remordimiento por futbolistas glorificados por locutores deportivos insulsos y picos de oro, que contribuyen a este desastre futbolístico. Lo digo a sabiendas que este tema no es de mi incumbencia.
(Romualdo cuenta que jugará la selección sub 80 del CAMIP contra el combinado sub 81 del Instituto de Previsión Social del Periodista)