En estos días grises llueve sobre mojado con sangre


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Nos causa mucha preocupación, pena, desesperanza y pesimismo lo que está ocurriendo en nuestra infortunada patria, situada en el corazón de América.

Y no es para menos. Hay angustia, dolor, luto y desesperación. La violencia sigue imperando y extendiéndose en el territorio nacional.

Marco Tulio Trejo Paiz


La muerte asoma su pavoroso lívido rostro en la capital y, virtualmente, en todos los departamentos de la República.

Ya no se puede estar tranquilo en el hogar, en el trabajo, en los planteles educativos de los diferentes niveles, en el paseo propiciando un feliz descanso,  porque el rato menos pensado nos sorprende cualquier desalmado asaltándonos, secuestrándonos, extorsionándonos, agrediéndonos o asesinándonos. Y los pícaros, en su gran mayoría, desaparecen como por arte de birlibirloque. Son unos fantasmas. La autoridad constituida para velar por el orden, la seguridad y los bienes de las personas dicen casi siempre que tales o cuales hechos fueron cometidos por desconocidos…
    Esa caótica  situación nos tiene en una funesta encrucijada. Quién sabe cuándo tendremos  garantías respecto de una vida de tranquilidad, de trabajo, de seguridad y de paz.

Será difícil, muy difícil, salir de esa turbonada tan tremenda, tan sangrienta, tan macabra. Más parece que va de largo y a ratos a alta velocidad…

Se ha producido una cultura deformada, de violencia, indeseable y sumamente peligrosa que hiere al alma nacional. Vivimos, no cabe duda, en días de incertidumbre, de zozobra, de acciones que dan la idea de una confrontación generalizada de hermanos contra hermanos como la de Caín y Abel. ¡Que Dios nos dé su divina luz para pasar ese Rubicón!

La vorágine de sangre, de muerte, viene envolviendo y arrastrando a hombres, mujeres y niños, incluso a las autoridades que están para velar por el orden, la seguridad y la paz interna, como sucedió  en aciagos días de junio provocando inusitada conmoción social en nuestro solar, con repercusión fuera de nuestras fronteras. A la sazón, ocho agentes de la Policía Nacional Civil que se encontraban desprevenidos y desarmados en la subestación de dicha institución en Salcajá, jurisdicción de Quetzaltenango. Asimismo, fue secuestrado un subinspector cuyo cuerpo apareció mutilado después  de Huehuetenango. ¡Barbaridad de barbaridades!                              
              Se necesita fuerte rigor en las alturas del Gobierno para afrontar esa situación de horribles pesadillas que sufren quienes tienen la sartén por el mango y, a la vez, de la llanura, ajena al mundo oficial.
   
Las cosas se han puesto muy difíciles porque se tropieza con los famosos derechos humanos intramuros y a extramuros, sobre todo con un convenio, dizque humanístico, suscrito en mala hora en Costa Rica por burócratas insensatos de la región centroamericana;  con la presión que  ejercen  internacionalmente los gobiernos que, en lugar de darse cuenta de lo infernal que prevalece aquí  y en otros lares, pretenden que los humanos vivamos como en el paraíso terrenal de que nos habla la Biblia.
    Los guatemaltecos debemos resolver, como pueblo soberano, los asuntos que son privativos de los guatemaltecos precisamente, y rechazar con coraje la abusiva injerencia extraña.
    ¡Seamos patriotas, pero patriotas de verdad, dispuestos a salvar con honor, incluso con heroísmo, los legítimos intereses y derechos de nuestra infortunada patria.
    Y… ¡al ataque a ultranza contra los criminales que hacen de las suyas y de las de todos los demonios en el país! ¡Todo un pueblo lo está exigiendo a gritos! 
    Deben evitarse con el máximo posible de drasticidad las charcas de sangre y de muerte que nos tienen no sólo preocupados e indignados, sino también aterrorizados, lo que impide la obra material, moral y espiritual, entre otras importantes realizaciones, para que los ojos del mundo nos vean esforzándonos como nación que está luchando sin tregua con el propósito de lograr una superación integral apuntando a las avanzadas de la civilización.