¡Ah!, el amor. ¿Quién no suspira…? ¿Quién no ha flotado por las elevadas nubes mirando desde el cielo los jardines y en medio del Sol el rostro del ser amado? ¿Quién no busca el amor? ¿Quién no ha estado enamorado? Pero «amar» y «el amor» son dos conceptos relacionados pero distintos y que por lo mismo constantemente se confunden, especialmente en este mes del cariño que también es el mes del amor, mes de los enamorados. Claro, hoy día se habla de «cariño» en términos amplios pero el protagonista principal es ese perfumado sentimiento envuelto en pétalos de rosa y vestido de rojo: el amor. Ese persistente triunfo de la imaginación sobre la inteligencia. Amamos a aquellas personas o entes que nos son valiosos, queridos o deseados. Y si amamos es que estamos enamorados. Sin embargo, cuando decimos que estamos enamorados la amplia variedad cromática se reduce a los colores rojos y dorados. Se dice que el amor es amplísimo, acaso infinito y estoy de acuerdo; pero tan anchos horizontes lo han desvirtuado. En ese vasto abanico se han desfigurado sectores y se forman secciones borrosas y hasta ambiguas. A veces se trata de ennoblecer los instintos del sexo con el disfraz del amor; se le confunde con la pasión, con el deseo; también se mezcla con egoísmo, con posesión y avaricia; asimismo, se le identifica con un sentimiento de apacible placidez, de armonía cósmica, amor con buena onda. ¡Pobre el amor! Como todos lo buscan cada quien lo interpreta a su manera y cada uno pretende manipularlo cuando cree tenerlo en sus manos. Pero el verdadero amor es algo más, algo diferente. A lo largo de la historia muchas definiciones se han vertido sobre el amor. Sin embargo, hay una que tiene muchos años, que por un lado abre de par en par las puertas al estudio del tema pero al mismo tiempo las cierra. En tan solo siete palabras lo comprende todo y la definición es tan tajante que ninguna otra la puede mejorar. Saulo de Tarso la escribió, pero no con pluma sobre pergamino sino que con cincel la esculpió en piedra. Es que no tiene sobra ni faltante: «El amor es el vínculo de la unión perfecta». ¿Qué más se puede decir? ¿Qué palabra se le puede quitar? ¿Qué le hace falta? La unión como esa eterna aspiración a la unidad, a que «todos sean Uno como Tú y Yo, ¡Oh! Padre Celestial»; la unión de los esposos, la unión de la familia, la unión del grupo, la unión de los compañeros de trabajo, la unión de todos los paisanos, etc. Y el nexo que sublimiza la unidad no es otro que el amor. Pero en un plano más humano, más terrenal, percibimos el amor como un sentimiento dulce, acaso empalagoso, que nos proporciona inmensas satisfacciones. Sobre todo la alegría del enamorado cuando avista a su amada, pero también el abrazo fraterno a los padres ancianos; el beso amoroso de los esposos; o el tierno beso de la madre a la pancita de su retoño. Esa es la versión feliz, iluminada del amor. Pero esa luz tiene su sombra y el amor requiere de otra fase que, por no ser tan romántica, acaso no nos acostumbramos a ver o sencillamente no queremos ver. En este sentido creo que la definición de Giovanni Papini es también magistral: «El amor es la alegría del sacrificio por la felicidad ajena». Hace referencia al sacrificio, a la abnegación, a la privación, al esfuerzo. Porque el amor también es sacrificio, pero uno que se soporta, que se acepta, que a pesar de las penurias de esa renuncia produce al final una gran alegría sabiendo la entrega va en beneficio del ser amado. Parece irónico que un sometimiento produzca regocijo: Quería quedarme en casa pero ella quiere salir de compras; quería comer churrasco, pero ellos prefieren pollo frito; quería quedarme aquí pero voy a dejarlos cinco kilómetros adelante; no tenía ganas de ir de visita al hospital; no quiero lavar los platos, etc., etc., etc. (y nunca acabarían los etcéteras). Es pues un «sacrificio alegre». Feliz Día del Cariño.