Un día de estos Facebook y Twitter, las principales redes sociales que consulto, se vieron inundadas de frases hermosas dedicadas al libro. Románticos con la literatura, apasionados, apologetas e idílicos a la hora de hablar de la lectura. Bien, porque parece ser un indicador que al menos en el plano conceptual hay una ilusión que se cultiva con suspiros. Aunque desconozco con certeza nuestra actitud miliciana a la hora de leer textos.
El amor al libro es como toda pasión del corazón: volátil, fantasiosa y teatrera. El alma enamorada puede sentir mucho, padecer los vaivenes de las tormentas internas, pero hasta ahí. Es una especie de abstracción en la que vive el alma que se goza en el jardín de sí mismo, pero que es incapaz de movimientos externos. Por eso es que el alma enamorada puede escribir cosas muy bellas en el encierro de su afección.
Una monja es el mejor ejemplo de ello. Su alma enamorada palpita por Dios, se dice casada con el Altísimo y, al mismo tiempo, vivir encerrada en una celda. Puede ser una gran misionera, como santa Teresita del niño Jesús, sin apenas haber salido de las cuatro paredes en las que se enclaustró para siempre. Puede haber sido una gran mística, como Santa Teresa de Jesús, que encontraba a Dios en los pucheros, arder en deseos por Dios, escribir sendos libros, sin apenas haber materializado tantos afectos.
Eso sucede a veces con los lectores, prestos a elogiar el libro, pero poco efectivos cuando se los confronta con el amor primero. Pasión inútil, diría Sartre. Eso se constata, por ejemplo, en las ferias de libros: mucho ruido y pocas nueces. Los enamorados llegan, protestan primero por el precio de la entrada, luego pasan. Hacen lobby, recorren la pasarela, saludan por doquier, acarician libros, se exponen ufanos frente a los demás, pero eso es todo. Luego viene la queja en lo particular: los libros están caros, no hay novedades, cada vez está peor. El sujeto ha quedado expuesto: es un adorador etéreo del libro. Venera un dios inexistente.
En realidad muchos idólatras de libros son paganos literarios, no profesan un amor verdadero a las letras. Son feligreses sin parroquias. Ovejas sin pastor. Luego afirman que su relación con el libro es privada y que bajan los libros por la red: mentirosos. Son capaces de tener un Kindle, pero bien guardado en la mesa de noche de su habitación. Dicen tener por amante a la literatura, pero no gastan convidándolas a un banquete. Desprecian el océano y se quedan en los charcos.
De modo que, como hacen las mujeres experimentadas, no hay que fiarse del falso elogio. No basta hablar para amar de forma auténtica. La lectura es otra cosa. Un lector es un miliciano que contra toda adversidad mantiene fidelidad al amor de juventud. Leer exige paciencia, tenacidad, mística, ascética y muchas ganas de amar. Luego viene la recompensa porque también el combate tiene su lado amable. El adorador de libro ama la fruición por eso sabe esperar para recibir el buen premio. No es díscolo, es juicioso y prudente.
En el día del libro, más que hacer apología, hay que leer más. No basta comprar libros, esta no es la medida del enamorado, sino leer, estudiar, subrayar, entender. Para quien no tiene dinero están las bibliotecas, pida prestado textos, siempre hay botaratas literarios, acumuladores relajados de libros. Ya sabrán prestarlos y exigir su regreso. Vamos, no se quede tranquilo solo leyendo periódicos.