En el Dí­a del Cartero


En estos lluviosos dí­as de agosto se celebra el dí­a del cartero. Mejor dicho se celebraba pues eso era antes, al parecer hace muchos años. El cartero era una figura familiar, se le conocí­a, se sabí­a su nombre y hasta se le entregaba un obsequio en su dí­a. Era alguien importante, en cierta forma la pieza final de nuestra maquinaria de enlace con el mundo exterior.

Luis Fernández Molina

En sus alforjas de cuero se amontonaban sobres misteriosos. Nos traí­a la infaltable correspondencia personal, con cartas que ansiosamente esperábamos o con misivas gratamente sorpresivas; también nos entregaba tarjetas postales, notas comerciales, anuncios, propaganda, invitaciones, tarjetas de Navidad, etc. Al llegar a casa, y acaso antes de saludar, se preguntaba «Â¿trajo algo el cartero?»Â  Con mucha dignidad vestí­an uniforme parecido al que Cantinflas inmortalizó en Entrega Inmediata, incluyendo una tí­pica cachucha. Era un gremio distinguido y honorable, se regí­an por aquella mí­stica de que la entrega se hací­a no importando la lluvia, tormentas o terremotos. De hecho recuerdo bien que en la mañana del 4 de febrero de 1976 cuando después del tremendo susto salimos a inspeccionar por diferentes lugares de la ciudad,  me llamó la atención ver a los carteros en la puerta del edificio central de Correos esperando instrucciones, acaso dispuestos a entregar la correspondencia del dí­a. Unas pesadas bicicletas negras con armazón de metal sobre la llanta trasera (para poner las alforjas) eran sus caracterí­sticos caballitos de batalla, otros hací­an su recorrido a pie. En todo caso portaban esos pesados maletines de cuero que se alivianaban al final del dí­a, algunos de ellos se acostumbraron a caminar «de lado», como renqueando.

El edificio de Correos era de los principales del centro, hoy dí­a tiene el aroma de museo de Estanzuela. El inevitable progreso casi ha desplazado al olvido el noble oficio del cartero, era un personaje de antes, del mundo de ayer, de los que van buscando un espacio para acomodarse entre las tumbas de la memoria. Ese escenario donde destacaron, tan cercano en el tiempo, pero tan lejano en sus elementos, era diferente, era abierto, confiado, en el que uno intercambiaba con las personas que compartí­an el diario vivir. Las casas eran por lo general más grandes y abiertas, no habí­a tanta seguridad, ni tanto estrés, los horribles alambres rizados no adornaban las tapias de las viviendas.  El mundo era, por decirlo así­, más humano, menos maquinal, se trataba más directamente a las personas, a la servidumbre, al viejito jardinero, al lechero y a la secretaria (estos dos últimos en buen sentido).  

 En ese mundo en que la comunicación era más lenta, pero acaso más efectiva. Hoy dí­a las comunicaciones son expeditas, es posible contactarnos electrónicamente con cualquier lugar del mundo. Podemos enviar correos inmediatos con internautas que están en Suecia o Minneapolis; podemos chatear con alguien que está en Israel o Santiago; hasta podemos hablar con la gente que está en Madrid o Miami viéndole la cara en la pantalla de la lap top, increí­ble el avance de la tecnologí­a. ¿Cómo estaremos en pocos años cuando estas avanzadas computadoras de hoy busquen refugio a la par de los carteros? Muchos interlocutores se «conocen» por medio de la red o sea que son virtualmente desconocidos. Podemos chatear por horas con cualquier persona en el globo, pero curiosamente parece que hemos perdido la habilidad de tratar con las personas que tenemos enfrente, con la que de alguna forma convivimos. Hablamos con personas casi desconocidas que están en otros continentes, pero no conocemos a nuestros vecinos. Curiosidades del progreso. En todo caso ¡feliz Dí­a del Cartero!