En los diversos sectores del pueblo se han venido escuchando fuertes e insistentes voces abogando en forma franca, clara y enérgica por un efectivo cambio de actitudes de los funcionarios del Gobierno de la República de todos los rangos.
El propósito es el de que haya buenas actuaciones y realizaciones que mejoren las condiciones de vida de la población; incluso se demanda, con exigencia, que todos los burócratas de todas las jerarquías trabajen eficientemente atendiendo sin tediosas demoras y con cortesía los asuntos gestionados por el público en general, so pena de ser objeto de llamadas de atención, de ser amonestados y, en casos de reincidencia, de ser destituidos.
Ya se está notando un cambio en tal sentido en la administración pública. Por ejemplo, en el Congreso en cuanto a la calidad de diputados. Buen porcentaje de ellos son aptos para legislar, no sólo para levantar el “dedito”. Como que… ¡por fin! los dirigentes de los partidos políticos están llegando a la comprensión de que el Organismo Legislativo debe rectificar su quehacer, lo cual es digno de reconocimiento de los gobernados.
Ahora es posible -se supone- que no se emitan y promulguen leyes a rajatablas, e inconsultas respecto del pueblo algunas de ellas, sino estructuradas a la mejor conveniencia de los guatemaltecos y para ir terminando cuánto antes con las fallas que han mellado el prestigio del Estado.
Es necesario, empero, que los señores diputados depongan en la medida que exigen las circunstancias la politiquería barata que tanto daño ha causado al país afectando en sus varios aspectos la vida nacional, aun a la gente que quiere hacer buen gobierno para demostrar que así como roncó durmió, al menos con un ojo cerrado y el otro abierto, durante la reciente campaña electoral.
El nuevo y el viejo elemento de que está integrada la Legislatura debe de tener voluntad y estar dispuesto a no caer en las charcas malolientes de la corrupción de algunos o de no pocos congresistas del pasado período, para ir restituyendo poco a poco o a paso acelerado el prestigio de dicho Organismo estatal, prestigio que ha estado rodando a la altura del trapeador de cocina.
Indiscutiblemente, una diputación es un cargo honorífico, pero puede salpicarse de inmundicia cuando es aprovechado para cometer verdaderas garfadas como las que se atribuyeron a varios curuleros en la jornada anterior y en otras que se están alejando. … Lo que honra a cualesquier diputados es lo rectilíneo conductual, su buen comportamiento en el trabajo como legislador y su buena política de relación con la comunidad, especialmente con quienes los eligieron en sus respectivos distritos.
Los actuales ocupantes de las mullidas butacas congresiles deben tratar de recobrar el buen nombre del importante Organismo Legislativo, pero para ello es indispensable una actuación recta, realmente honesta y eficiente, que en vez de continuar echando abajo la fama o prestigio del Congreso, lo enaltezca.
La mayoría de diputados de varios o de casi todos los períodos del pasado algo remoto, no dejaron buenas huellas, sino más bien malas, porque como legisladores dejaron mucho qué decir; no pocos, también, fueron larguiruchos, oportunistas y calculadizos como tránsfugas y, peor aún, “venerables” nulidades; más que todo se dedicaron a politiquear, a pasarla como dormitando (¡suave la ¡laif!), contando aventuras y chistes con sus iguales, pensando en los almuerzos y en las refacciones gratis y en recibir los enjundiosos sueldazos cada fin de mes…
Son 158 los integrantes del Congreso, pero legisladores de alta talla -digamos- son pocos relativamente. Sin embargo, los dirigentes del partidismo como que se preocuparon esta vez por seleccionar no a los gritones de la campaña electoral, unos pobres legos, sino tuvieron buen cuidado de escoger a profesionales del derecho, a otros de formación académica y a ciudadanos capaces de desempeñar buen papel en el alharaquiento laberinto burocrático de la novena avenida.
Deseable es, pues, que otro sea el cantar en la nueva jornada del Congreso de la República. Recalcamos que se está viendo algún cambio en la composición del personal de curules y, a lo mejor también, se habrá producido otro cambio en el personal técnico y administrativo, por lo que es de esperar que haya una labor positiva y benéfica para el país y para la población al término de la faena cuadrienal.
Ojalá se esté doblando la negra página de la historia de la antipatria y que termine para siempre la era de la deshonestidad que tantos volcanes de millones de quetzales y dólares han inflado los depósitos bancarios, las cajas fuertes y los bolsillos de los “honorabilísimos” corruptos.