Hoy Carlos Figueroa Ibarra, nuevo columnista de La Hora a quien damos la bienvenida, se refiere a la captura de Jacobo Salán Sánchez y la compara con la de Al Capone en Estados Unidos, cuando al mafioso lo pudieron meter preso por un delito menor de evasión de impuestos, ya que no lo pudieron procesar por los crímenes de sangre que cometió. Justamente dice eso cuando el juez a cargo de la causa ligó a proceso al militar simplemente por encubrimiento.
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Ayer un testigo en el caso de Pavón fue asesinado pocos días después de haber salido de la cárcel y rápidamente los investigadores dijeron que el crimen era resultado de su actividad delincuencial y no de su papel como testigo en un caso tan especial y paradigmático.
Lo que vemos en Guatemala es que aun y cuando en contados casos se ha avanzado y realizado investigaciones serias y profundas, el poder de los grupos paralelos y su influencia en el aparato de justicia hace que todo el fruto de esas investigaciones sea tirado por la borda a la hora de que un juzgado evalúa las acusaciones y decide otorgar medidas sustitutivas o ligar a proceso por puras superficialidades a los criminales, garantizando así que en el peor de los casos la pena sería ridícula y que podrán gozar inmediatamente de libertad.
La Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala ha realizado investigaciones profundas en varios casos que están siendo procesados en los Tribunales de Justicia, pero no es extraño ver que pese a las pruebas contundentes, los jueces terminan cediendo a presiones. Una presión muy fuerte puede ser la amenaza contra la vida de los juzgadores, puesto que estamos hablando del verdadero crimen organizado. No se trata de pandillas de robacarros o de mareros, sino se trata de grupos que han manipulado a toda la institucionalidad del país y que tienen copados a sectores enteros con los que hacen alianzas. Incluyendo, desde luego al mismo gobierno, entendiendo como tal no únicamente al de ílvaro Colom, sino a los gobiernos con los que han pactado y trabajado, aunque obviamente las mayores influencias se han dado en los regímenes de Portillo y del actual mandatario.
La CICIG ha sido ciertamente un instrumento valioso para desenmascarar esa situación, pero evidentemente es insuficiente para enfrentar a un poder que sigue siendo muy grande. Por ello es que es fundamental que la ciudadanía entienda la dimensión del problema, porque tarde o temprano terminará la gestión de la CICIG y aunque la comunidad internacional está muy clara de lo grave que es la situación guatemalteca por la existencia de poderes paralelos tan influyentes y decisivos, poco se puede hacer si las instituciones de justicia no cumplen con su función y ceden, sea por compromisos, por complicidad o simplemente por temor.
Como dice Carlos Figueroa Ibarra, si por lo menos por delitos distintos a los más graves se pudiera procesar a los que han hundido al país, algo se ganaría, pero cuando ni siquiera por ello se logran resultados porque de todos modos la cooptación del sistema se manifiesta, la situación es demasiado grave. Al fin y al cabo, de complicidad aquí todos tenemos nuestra cuota, porque por acción o por omisión todos hemos sido cómplices de la forma en que el crimen organizado se adueñó de instituciones y compró la conciencia de los políticos.