En condición de vulnerabilidad


Desde el aspecto humano, viene la racha de vulnerabilidad. Por eso mismo andamos mal; hay que reconocer ese traspié, generador de subsiguientes dificultades. Existe una propensión manifiesta de la fuga de basamentos significativos como son la pérdida creciente de valores humanos que pone las cosas color de hormiga.

Juan de Dios Rojas
jddrojas@yahoo.com

Dicha cuestión es una marcada consecuencia, similar a hierro candente que en el panorama nuestro tiende a corto, o mediano plazo a esfumar la identidad nacional. Para dar paso franco a la indeseable transculturación, en menoscabo general apabullante. Si eso se concreta y logra insertarse con aire de vencedores, ello influirá de manera inaudita a ceder lugar a la vulnerabilidad.

En nuestro entorno económico, ahora en exhibición el rostro desencajado de la tremenda crisis, sin asomo de duda el hundimiento hace presencia. Adondequiera que veamos la perplejidad asoma crujiente y por demás dañina. Razón sobrada entonces tiene efecto avasallador la implacable vulnerabilidad a la espera del acecho.

Si consideramos el aspecto fundamental de lo social, abundan elementos de juicio en torno a la mencionada vulnerabilidad, tema central de actualidad a todo nivel. Adquiere perfil gigantesco la lucha de clases en estos momentos. Una mantenida discordia envolvente llena su cometido de discriminatorio al final de cuentas.

Tal sumatoria desfavorable y ruinosa representa la pérdida, o ausencia definitiva de la calidad de vida, para ajuste de complicaciones. Repercute pronto y en volandas hasta derrumbar totalmente cualquier alternativa de evitarlo. Por lo tanto hace fácil presa y domina el panorama la vulnerabilidad al término de la distancia.

Cada vez sale a relucir cómo estamos de expuestos a eventos naturales, señal infalible de la vulnerabilidad encrespada a semejanza de oleaje y resaca. A resultas de las diversas fallas geológicas que atraviesan los linderos del territorio patrio. Equivalente a un polvorí­n, capaz con fuerza descomunal de originar hecatombes.

A menudo esa coyuntura hace propicia la ocasión de que sobrevengan constantes sismos de menor intensidad, además de sacudidas fuertes. Mismas que crean al instante un ambiente de tensión y pánico colectivo entre los pobladores en el amplio sentido del término, que tratan de ponerse a buen recaudo, sin desestimarse los terremotos.

La indetenible deforestación es responsable directa de los derrumbes y aludes como el de la aldea Los Chorros en San Cristóbal Verapaz, ocurrida hace poco. Muestra intempestivamente su terrible impacto la vulnerabilidad agazapada y dispuesta a causar ví­ctimas, miseria y desamparo.

Otro tanto genera el cinturón que rodea la ciudad capital. Los numerosos y mí­seros asentamientos a orilla de barrancos y zonas de alto riesgo en peligro inminente, hace mucho más vulnerable la existencia a los habitantes que sobreviven en condiciones infrahumanas verdaderamente.

Tanto el suelo como el subsuelo, con extrema facilidad presentan grandes hundimientos, fatí­dicos también, a resultas del desequilibrio ecológico global y excesivo peso que soportan de manera permanente. Fiel identificador del hecho de constituir la mano del hombre y la mujer el calificativo de depredadores tremendo.

Y si lo mencionado en párrafos anteriores fuese muy poco, la humedad a tí­tulo de cómplice, socava el terreno de grandes dimensiones en determinadas áreas, generadoras del efecto vulnerabilidad. Pero de ser declarada por Conred alerta amarilla o roja, de ahí­ no pasa, truene, llueve o relampaguee. Estamos mal.