Luego de 18 días de un paro magisterial, los maestros volvieron esta semana, como si nada, a las escuelas públicas, para continuar con su «loable» labor de instruir al futuro de nuestra nación.
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Para no dar más vueltas al asunto, considero que la educación falla en dos aspectos. El primero, el que siempre se dice pero nunca se cambia en nada, es que los maestros realmente tienen un nivel muy pobre. Un estudiante de secundaria de Costa Rica o España debe de saber más que los docentes guatemaltecos (y hablo en general, no sólo los del sector público).
El segundo, que es el que siempre se olvida, es que el Ministerio de Educación (y por extensión el Gobierno y, ¿por qué no?, el Estado de Guatemala) no está interesado en mejorar la educación. ¿Por qué? Porque el bajo nivel educativo permite mantener el status quo de la realidad guatemalteca. Con los tratados de libre comercio, es más rentable para el país tener a gente mal preparada, que profesionales.
La educación puede ser instrumento para transformar sociedades. Pero, ¿quién está interesado en una transformación o en una revolución? ¿Las clases altas? ¿El gobierno? ¿Los maestros? Mejorar la educación no conviene, ya que esto transformaría por completo al país.
En cuanto al primer problema, el de la poca preparación, es de suponerse que se mantenga así por mucho tiempo; mejorar la calidad de los maestros significa una molestia, tanto para el Gobierno como para los mismos docentes.
Desde los tiempos del gobierno de Vinicio Cerezo, el Magisterio ha perdido totalmente la credibilidad. La historia se repite: cada año se amenaza con un paro, el cual termina cuando se les aumenta un «poquito» a los docentes. Pero, la educación, en 20 años (o más, 50 años) no ha mejorado en nada.
Los programas educativos no han servido de mucho; el vaso de leche ha servido sólo para dar un jugoso contrato a algún lechero; el concurso del «maestro cien puntos» sólo sirve para enviar el mensaje de que los maestros deben ser creativos por sus propios medios, en vez de esperar el aporte constitucional del Gobierno.
Ahora, los maestros buscan recuperar el tiempo perdido, el cual es posible hacerlo, pero dudo de que la gran masa de docentes sepa cómo. Yo no soy pedagogo (ni me gustaría serlo) pero sé que hay técnicas para avanzar con el desarrollo del curso.
El tiempo perdido hasta los maestros lo lloran, y seguramente los niños del sector público de la educación, volverán a ganar a través de un «decretazo», práctica anual en Guatemala desde los tiempos de Mejía Víctores.
Es por demás, los estudiantes nuevamente ganarán el año escolar por medio del decretazo, por la incapacidad de Magisterio y Gobierno.