Mañana se reunirán en Washington los líderes de las economías más poderosas del mundo para abordar el tema de la crisis global que ya hoy se materializó oficialmente en Europa con el reconocimiento de que los 15 países de la zona entraron ya en recesión formalmente al acumular dos trimestres de reducción del producto interno bruto. Como preludio a la reunión, el Presidente de los Estados Unidos aprovechó una presentación ayer en Nueva York para lanzar una defensa a ultranza del mercado, repitiendo que posee los instrumentos de una mano invisible que permite su autorregulación.
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El alicaído Presidente de los Estados Unidos sabe que su voz es poco importante en las actuales condiciones, pero también se da cuenta que viene una andanada mundial en contra de lo que fue su dogma ideológico. Y sabiendo que él tiene mucha responsabilidad en el descalabro que se produce como una combinación de que mientras en apego a la teoría eliminó regulaciones al mercado, y contra las teorías de su corriente ideológica aumentaba el déficit fiscal a niveles nunca antes vistos, ahora trata de sacar la pata en la medida de lo posible y de hacer la última gran defensa de la economía de mercado sin controles ni regulaciones.
La verdad es que el mundo entero se sometió al embrujo del mercado y desde los años 80, cuando el tándem de Reagan y Thatcher generaron una verdadera revolución que encontró en el Fondo Monetario Internacional el mejor acólito con aquellas políticas de ajuste estructural que empobrecieron a pueblos a lo largo y ancho del planeta, todo ha girado alrededor del mercado. Las advertencias sobre los excesos que podían cometerse y sobre el peligro de privilegiar de forma tan cínica la voracidad como motor del crecimiento económico fueron ignoradas y al final de cuentas desde casos como el de Enron se empezó a ver que no había esa mano invisible y que dejados a la libre, los agentes económicos iban a sacar raja de la oportunidad aunque con ello dañaran a la gente y, al final de todo, a sus mismas empresas y al sistema que tanto les ofreció.
La voz de Bush es irrelevante no sólo porque va de salida y su Presidencia recibió el rotundo rechazo de los electores norteamericanos, sino porque al fin de cuentas ni siquiera fue congruente con sus creencias cuando prefirió endeudar al país en niveles sin precedente con tal de llevar adelante su guerra contra Irak.
Pero a Washington llegarán mañana muchos líderes mundiales que tienen una visión distinta a la suya y la realidad política se ha impuesto en forma distinta al credo de los últimos años. Fue un acierto modificar la propuesta inicial del gobierno de Bush que pretendía salvar a las empresas en problemas mediante la vieja práctica de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas, porque ahora el dinero que se inyectará a las empresas se convierte en acciones que podrán ser vendidas en el futuro sin que el contribuyente regale su dinero a los banqueros, como pasó en Guatemala.
Y veremos un nuevo orden económico mundial surgiendo de las cenizas. No se abandonará el mercado, por supuesto, pero sí la idea de que el mismo es autosuficiente para evitar abusos y excesos y de esa cuenta el nuevo orden vendrá con normas, con regulaciones y controles que hagan que pongan coto a la exagerada codicia de los agentes económicos a fin de mantener un orden elemental que no le hará daño a nadie.