Fue el 22 de septiembre del año 2011 cuando me referí en esta columna por primera vez al caso Siekavizza y ahora que vuelvo a leerla después de mucho tiempo y un montón de agua bajo el puente me surgen nuevas dudas e inquietudes del caso pero hay un elemento en el que creo que no fallé en aquella oportunidad.
Mi artículo se basaba en la cobardía de Roberto Barreda para afrontar la penosa situación por la que pasaban él y su familia, y por supuesto la familia de la desaparecida Cristina que seguramente cuentan el tiempo de la desaparición en horas, días, semanas y años sin olvidar un minuto el asunto. El señor Barreda ha expresado pocas palabras desde que fue aprehendido el viernes pasado y todas parecen ser una colección de respuestas estudiadas para justificar sus actos -me refiero a los posteriores a la desaparición de Cristina- en perfecto aprovechamiento de la lentitud e ineficiencia de nuestro Ministerio Público. Es importante también tomar en cuenta que tal y como la mayoría sospechábamos desde entonces, existen varios elementos para creer que el fugado fue ayudado por una estructura criminal en la consecución de todos o algunos de los pasos que dio para poder, él y sus hijos, permanecer fuera del país con identidades falsas y llevando una vida de relativa normalidad.
En los dos años que pasaron mientras tanto, a Cristina no se le pasó la depresión, no se acordó de sus padres y hermanos, abandonó a sus amigas y como que si eso fuera poco dejó tirados a sus hijos. ¿Cómo no se le ocurrió al narco que la secuestró llevarse también a los patojos? Talvez, solo talvez, sigue en el gimnasio o está meditando en el parque, lo cierto es que Cristina nunca más apareció a pesar de que su cara y nombre salían en todos los periódicos del país y en todos los canales de televisión nacionales y extranjeros como que se tratara del artista del momento.
Ojalá y nuestro Ministerio Público pueda construir casos bien fundamentados contra el presunto asesino y aquellos que presuntamente colaboraron para lograr su exitosa fuga. Aunque es fácil augurar que tendrán problemas para hacerlo ya que nunca tuvieron control de la supuesta escena del crimen, nunca siguieron los pasos del principal sospechoso, menos solicitaron su aprehensión preventiva a tiempo.
No todos los casos de violencia son emblemáticos, ni aquí ni en ninguna parte del mundo, sobre todo cuando se vive en una sociedad en donde un alto porcentaje de las violaciones sexuales a las niñas y niños proviene de familiares cercanos que siguen sus vidas en total impunidad o donde suceden quince asesinatos diarios con poquísima esperanza de justicia. Lo cierto es que los casos se vuelven emblemáticos porque la sociedad así lo decide y porque probablemente a sus miembros no les alcance el día para hablar de tanto caso triste y desgarrador que nos ocurre día a día. Pero además de la actuación de la sociedad, existe en los casos emblemáticos un común denominador: padres y madres, hermanos, amigos, hombres y mujeres que luchan sin tregua, lleve el tiempo que lleve, saque las canas que saque, y cueste lo que cueste. Este y no otro, es el principal motor que ha convertido a Cristina en un caso emblemático. El esfuerzo de sus padres empezó por la obvia preocupación por su hija y nietos pero se convirtió, talvez sin quererlo, en la causa de un pueblo que día a día llora actos de barbarie sin el menor atisbo de ver algún día pagar a los responsables.