Según Ross Ashby, citado por el chileno Juan Bravo, “en un sistema sin dirección, los elementos inestables toman el control; así ocurre en Latinoamérica con los sistemas sociales: están sueltos”. De hecho, en nuestros países, esos elementos inestables (la violencia, la corrupción, la pobreza, la mala asistencia hospitalaria nacional, la pésima educación pública) son los que se han adueñado de la situación, controlando la vida de la mayoría de habitantes y –en particular– de los sectores más necesitados.
Porque, si alguien tiene recursos, puede pagar guardaespaldas (para evitar actos de violencia en su contra) o blindar sus automóviles… o hasta colocar costosas alarmas en casas y empresas… y no necesita que sus hijos vayan a las escuelas públicas o buscar asistencia médica a un centro de salud nacional. Los sectores poderosos tienen cómo pagar lo mejor, de lo mejor. En cambio a los sectores de menos recursos, les afecta todo este “sistema suelto” de manera más directa: sus hijos no van a buenas escuelas, no tienen buenos profesores, ni acceso a médicos ni medicinas de calidad. Para cualquier Estado, los efectos de un “sistema social suelto”, donde los elementos inestables son numerosos y difíciles de controlar, las consecuencias negativamente van directas al grueso de la población, a las mayorías.
Eso significa hipotecar el futuro de nuestros países, con millones de niños de baja escolaridad, mala salud y pésimas costumbres, que van desde tirar la basura en la calle, hasta resolver los conflictos con violencia, a golpes o a disparo limpio. Los niños ingresan a las pandillas juveniles, porque en realidad no ven futuro a su alrededor. Pero una niñez bien formada, bien educada, con principios morales recibidos en casa, con patrones de conducta sanos, con ejemplos positivos que imitar… no tendría por qué delinquir ni va a desviar su atención en ganar dinero fácil. Sería una niñez a la que no hay que castigar, sino estimular para que siga estudiando, progresando y dando de sí, lo mejor que tienen… Pero, al registrarse todo lo contrario el Estado deberá crear más puestos de policías, más tribunales y jueces; deberá construir cárceles y centros de rehabilitación. A eso se refiere Bravo cuando hace la alusión a un sistema sin dirección, a esos sistemas sociales que han venido imperando en el continente… sin norte de cómo ir construyendo sociedades más humanas, más justas.
En todo caso, añade Ashby “que el antídoto es una guía clara y señales precisas, en otras palabras, diseñar integralmente el sistema que se desea abordar, en forma participativa, con altura de miras, realmente orientando al bien común, con grandes desafíos que disminuyan los males sociales en un 80 % y más, planteando soluciones que aborden integralmente las claves del cambio perdurable: prevención, corrección y gestión”. Crear sistemas de prevención resulta más barato que arreglar los problemas, pues “cualquier inversión se recupera con creces en el corto plazo… la rentabilidad económica para el gobierno puede ser de cien veces lo invertido”, dice Bravo. El autor señala que hay que orientarse al “Bien Común”, porque la organización del Estado está al servicio de las personas. Y además, hace una serie de cuantificaciones como ejemplos, pues resulta más barata una solución a tiempo, que dejar que los problemas vayan envejeciendo y haciéndose cada vez más grandes, creando más dificultades para los ciudadanos.
¿Cuántas veces lo hemos visto en Guatemala? Los hoyos de las calles son el ejemplo clásico de esta propuesta que hace Juan Bravo… un chileno que ve todo desde la posición de la filosofía sistémica. Lo repito: los sistemas que andan sin dirección son tomados o controlados por los elementos inestables. Nuestro sistema social guatemalteco, innegablemente, “anda suelto”… y los elementos inestables lo han tomado por asalto. El cambio perdurable urge de prevención, corrección y gestión.