Elemental derecho humano


Mientras en el mundo se habla ya de derechos humanos de segunda y tercera generación, el elemental derecho a la vida sigue siendo precario en nuestra Guatemala y el Estado no es capaz siquiera de garantizarlo. En efecto, qué podemos hablar hoy de los derechos humanos, al conmemorar los sesenta años de la Declaración Universal, si vivimos en un paí­s donde no existe instrumento que permita a los ciudadanos el goce del más fundamental de todos los derechos, como es el que tenemos a la vida misma.


La Constitución Polí­tica de la República de Guatemala dice que el Estado se organiza con la finalidad de proteger a la persona y a la familia y dice que es deber esencial de ese Estado garantizar a los habitantes de la República la vida, la libertad, la justicia, la seguridad, la paz y el desarrollo integral de la persona. No hace falta hacer acotaciones para evidenciar que si tales son los deberes fundamentales del Estado de Guatemala, ha fallado estrepitosamente en el cumplimiento de sus fines.

Sesenta años después de la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, ideal serí­a que la humanidad estuviera ya ocupada de la protección de los derechos económicos y sociales, pero no sólo en Guatemala sino en muchos paí­ses existe aún incapacidad para cumplir con la garantí­a de los derechos esenciales. En ese contexto, el dí­a de hoy tiene que ser un dí­a de vergí¼enza para los guatemaltecos por la inutilidad de nuestras instituciones para asegurar por lo menos el derecho a la vida de todos los habitantes de la República.

Cierto es que de las condiciones que vivimos durante el conflicto interno, cuando fue polí­tica de Estado la violación de los derechos humanos y se diseñaron campañas sistemáticas para asesinar a reales o supuestos opositores al régimen, han sido superadas tras la firma de la paz y ahora no puede decirse que exista una polí­tica con esa siniestra finalidad. Pero el incumplimiento de los deberes más importantes del Estado constituye una grosera violación del elemental derecho humano a la seguridad porque los habitantes de nuestro paí­s literalmente vivimos con la camisa levantada por la incapacidad más absoluta de las autoridades para diseñar estrategias de combate al crimen y que, por lo menos, permitan la aplicación de la ley a quienes delinquen.

A la hora del balance más importante, poco relevante es si las muertes son por la aplicación de una polí­tica de Estado o si se producen por la ausencia de una polí­tica de Estado para proteger a los ciudadanos. El caso es que la gente se está muriendo, que la inseguridad campea y que no hay plena vigencia de los derechos humanos.