Elección: más dudas que certezas


Afluencia. La participación fue del orden del 58.86 por ciento de los electores inscritos.

La votación realizada el domingo pasado permite múltiples lecturas y abordajes. Hay un elemento central: ílvaro Colom (UNE) y Otto Pérez Molina (Patriota) disputarán la presidencia en una segunda vuelta, confirmando todas las predicciones al respecto. Pero la votación por debajo de las expectativas de algunos candidatos y por encima de otros; la fragmentación polí­tica del Congreso; las posibles alianzas y alineamientos para la segunda vuelta; la confirmación de tendencias históricas de participación que se ubican en un 50% del electorado y el mantenimiento de una hegemoní­a de centro derecha son algunas de las otras lecturas posibles.

Redacción K’atin

Visión Electoral, entrevistó a dos de los más reconocidos analistas polí­ticos de Guatemala, Gustavo Porras y Héctor Rosada y estas son sus principales conclusiones para aportar a un análisis que recién comienza.

Debilidad institucional y tendencias repetidas

La posibilidad de que esta elección permitiera superar los bloqueos polí­ticos y fortaleciera una institucionalidad que luce debilitada y sin respaldos claros, parece no haberse concretado.

Ninguno de los candidatos que pasó a segunda vuelta recibió un respaldo que por su magnitud les otorgue una fuerza polí­tica suficiente y el espectro polí­tico vuelve a quedar fragmentado, tanto en la obligación que tendrá el próximo presidente de negociar en el Congreso para tener mayorí­as, como en el bajo porcentaje obtenido por ambos en la primera vuelta, que grafica el capital polí­tico propio.

Gustavo Porras destacó especialmente esta situación y expresó su preocupación:

«Se confirmó la profecí­a que algunos hicieron que el nuevo presidente de Guatemala podrí­a ser alguien que en primera vuelta sólo obtuviera un 25 o un 27 por ciento de los votos, y que eso representaba una base muy exigua de legitimidad. En efecto, los dos candidatos principales no rebasan el 27 por ciento, sobre el 59 por ciento que fue a votar. Es una legitimidad débil y eso, sin duda, va en la dirección que continúe el debilitamiento del poder polí­tico si es que no se toman las polí­ticas apropiadas».

Para Porras, este problema exige cambios urgentes, tanto en el sistema como en la calidad de las propuestas polí­ticas. «Es un desafí­o de tal naturaleza ?señaló? que ha llegado el momento de tomar medidas de fondo, tanto en términos de lograr acuerdos polí­ticos que le representen beneficios a la población para ir conquistando un mayor reconocimiento, como también medidas para desarrollar el sistema polí­tico y que presente una oferta de mayor calidad. En estas elecciones pesó mucho la insatisfacción de una buena parte del electorado ante las opciones que los partidos presentaron».

Héctor Rosada basó más su análisis en la repetición de tendencias históricas en varios niveles de la votación, señalando que más allá del cambio de nombres, los problemas estructurales de la polí­tica guatemalteca se mantienen sin cambios desde hace 20 años.

«Hago cuatro diferentes lecturas en cuatro diferentes bloques» expresó Rosada.

«El primer bloque que me llama la atención ?indicó? es que las tendencias de la conducta electoral histórica, registradas desde 1985 hasta la fecha se confirmaron. Cinco partidos concentraron el 83.86 por ciento de los votos válidos.

El segundo elemento de tendencia histórica confirmada es que la participación fue del orden del 58.86 por ciento de los electores inscritos. Y queda dentro de la tendencia histórica porque la media de participación durante este perí­odo ha sido del 57 por ciento. Y obviamente el tercer elemento es que la abstención fue del 41.14 por ciento y la media de abstención ha sido del 43 por ciento. Entonces, el primer bloque es que las tendencias históricas se han confirmado».

Para Rosada, «un segundo bloque es que este evento fue muy similar al que se realizó en 1990. En aquel entonces tuvimos un primer lugar con la UCN que fue del 26 por ciento, frente a un segundo lugar del 24 por ciento con el MAS, y un tercer lugar del 17 por ciento con la DCG. Y en el caso de este ejercicio tenemos a la UNE con 28, el Patriota con 24 y la GANA con 17». «Son casi las mismas posiciones», expresó graficando la ausencia de grandes virajes.

«Un tercer bloque derivado de los dos anteriores ?agregó? lo conforman algunas perspectivas que yo veo. La primer perspectiva es que es probable que la participación de cara a la segunda elección descienda a un 49 por ciento, esto quiere decir que se va a cumplir la tendencia que la media de participación entre la primera y segunda elección disminuye. La segunda perspectiva es que al igual que lo sucedido en 1990, el candidato que ocupa el segundo lugar en la primera elección, es decir, el Partido Patriota, podrí­a llegar a ocupar el primer lugar en la segunda elección».

«El cuarto bloque que llama la atención ?sostuvo Rosada? es que los cuatro partidos con mayor captación de votos válidos se ubican dentro del margen de error de las mediciones de intención de votos publicados por varios medios escritos».

A estas conclusiones generales se suman la votación por sobre las expectativas de Alejandro Giammattei de la Gana y Eduardo Suger de CASA (ver nota aparte) y la baja votación de la candidatura de Rigoberta Menchú y el espacio de izquierda en general (ver nota aparte), como elementos que aportan a una visión global del proceso.

La segunda vuelta

La principal incertidumbre polí­tica que abre el resultado de la elección del domingo es cómo se conformarán las alianzas polí­ticas y cómo se comportará el electorado en la segunda vuelta electoral, para definir la presidencia de la república, entre Colom y Pérez Molina.

Héctor Rosada arriesgó una visión más consolidada, que incluso le da una ligera ventaja a Otto Pérez Molina y que está basada, fundamentalmente en la conformación de bloques polí­ticos y la sumatoria de los votos obtenidos en la primera vuelta.

Según Rosada, se van a producir «dos tipos de entendimientos, que pueden ser alianzas o alineamientos. Digo alianza porque puede ser programática con quien se tiene confianza entre partido a partido, pero puede haber alineamientos de partidos pequeños por motivos de interés coyuntural o estructural».

«Yo veo un bloque «naranja», dijo Rosada, obviamente Patriota, que ya se sabe que tiene negociaciones con Gana y con CASA, y que se mencionan entendimientos con UCN y con DIA. Esto lo que harí­a es que el bloque podrí­a situarse en el orden del 51.75 por ciento de captación de voto. En el caso del bloque «verde» de la UNE, veo una alianza con el FRG, poniendo por ejemplo la elección del Procurador de los Derechos Humanos en el Congreso, y veo la probabilidad de que partidos de izquierda vayan con este partido. Si se diera este bloque «verde», valdrí­a un 42 por ciento de los votos del electorado».

Para Gustavo Porras, en cambio, la situación no está tan clara, fundamentalmente por la debilidad de las estructuras partidarias y por lo tanto la escasa lealtad del electorado hacia el pronunciamiento de sus lí­deres. «Es un tema difí­cil porque con la única excepción del FRG, los otros partidos mencionados, es decir, los que no pasan a segunda vuelta, no tienen cohesión suficiente, no son instituciones donde se pueda asumir que se dará una respuesta disciplinada a las orientaciones de su dirección. Por otra parte, no creo que nadie vaya a tomar la decisión de hacer una alianza explí­cita con alguno de los candidatos y jugársela a ver si gana o no gana, y a comprometer su prestigio y su caudal en esa operación. En teorí­a, el general Otto Pérez Molina tendrí­a fuertes contradicciones con la Gana por haberse retirado de ese partido y del Gobierno, y también con el FRG, porque la razón de su retiro fue que el presidente í“scar Berger mantuvo una reunión con Efraí­n Rí­os Montt. Podrí­a pensarse también que el voto de Eduardo Suger podrí­a inclinarse por el Partido Patriota dado que su planteamiento no sólo fue de un conservadurismo extremo, y convirtió el tema de la delincuencia en el motivo principal de su discurso electoral».

El Congreso y el futuro

En todo caso y cualquiera sea el ganador de la segunda vuelta, está claro que el electorado, repitió el esquema de la elección pasada y quedó conformado un Congreso sin mayorí­as claras. El próximo Presidente tendrá que negociar y hacer alianzas con otros partidos para poder aprobar sus leyes.

Héctor Rosada esbozó una idea del Congreso futuro y cómo serán las negociaciones:

«Es obvio que vamos a volver a tener bloques plurales, no habrá una aplanadora, creo que son tiempos pasados. Habrá un bloque UNE que será mayoritario, un bloque Patriota, uno Gana y otro FRG. Son los que veo como bloques. Luego tendremos un montón de pequeños agrupamientos. Podremos saber con certeza qué pasará el 14 de enero que se instalen, lo que no podemos saber es cuánto tiempo permanecerán como bloques, cuando empiecen las fugas que hemos vivido durante los últimos cuatro años». En definitiva, según Rosada, «la conformación del Congreso» en cuanto a futuras alianzas e incluso a si podrá el Gobierno tener mayorí­as que lo respalden «estará determinada por quién gane la elección».

Ganadores y perdedores

En una elección, ganar o perder, por supuesto que tiene que ver con los votos obtenidos, pero no sólo con ello. También juegan las expectativas de desempeño y su superación o no, la inserción en espacios de poder como el Congreso y las alcaldí­as e incluso, la proyección futura de liderazgos que en esta elección no fueron triunfadores.

Tanto Gustavo Porras como Héctor Rosada coinciden en destacar la performance de Alejandro Giammattei y de Eduardo Suger, pero Rosada agrega a Nineth Montenegro.

En su análisis, Gustavo Porras se juega más por medir los resultados y establece que «Los cuatro primeros, en sentido general, se pueden considerar como ganadores dentro de la precariedad de lo que ocurrió. Alejandro Giammattei tuvo una votación sensiblemente más alta de lo que señalaban las encuestas, y Eduardo Suger es una sorpresa por la votación que sacó».

Rosada por su parte, se sitúa más hacia el futuro y sostiene: «Ganó, sin duda, Eduardo Suger, al igual que Alejandro Giammattei, junto a Nineth Montenegro. Nineth logra llegar al Congreso nuevamente, y aunque tendrá que sanar varias heridas de esta campaña, ganará cuatro años y la experiencia de poder visualizar su estrategia polí­tica de otra manera. En el caso de Giammattei y Suger, creo que los sectores polí­ticos que los apoyaron, ahora tienen una buena razón para seguirlos apoyando, especí­ficamente para visualizar en ambas figuras probables opciones en el 2011».

¿Y Rigoberta?

Uno de los resultados de esta elección que más llaman la atención, es la baja votación que cosechó la candidatura de la doctora Rigoberta Menchú Tum en Encuentro por Guatemala. La votación de la doctora Menchú estuvo por debajo de lo que pronosticaban las encuestas y también de las expectativas que generó.

Para Gustavo Porras esto se explica porque «no existe en Guatemala una especie de movimiento indí­gena que sea polí­ticamente homogéneo, que es uno de los mitos que ha flotado en el ambiente, y sobre todo en el ambiente internacional. Por eso todos pensaban que la población indí­gena iba a votar masivamente en apoyo a Rigoberta Menchú. La realidad es que la participación polí­tica de la población indí­gena que viene incrementándose cada vez más en nuestro paí­s no se da a través de partidos indí­genas, ni siquiera a través de comités cí­vicos y organizaciones comunitarias, sino que se da a través del sistema de partidos nacional».

Héctor Rosada se concentra más, para explicar el resultado, en la candidata en sí­: «El problema fundamental de Encuentro por Guatemala, a decir de Ricardo Falla, es que la imagen de Menchú es hacia fuera, una personalidad que brilla en lo mundial, pero que está apagada en el interior, que no se vincula con los sectores subalternos, que no los representa y que no se ven representados con ella. No basta con ser mujer indí­gena para liderar procesos de una realidad multiétnica como la guatemalteca y pluricultural tan compleja y tan diversa como la que tenemos. Los que pensaron que tomando a Rigoberta Menchú se iba a aportar un factor de unidad, de coherencia en el evento electoral, apostaron mal. No hubo una lectura correcta a fondo como para ubicar el liderazgo y se creyó una vez más que una imagen que se fraguó dentro de la guerra era suficiente para atraer al electorado. Está probado que no. Más que un fracaso de Rigoberta Menchú, fue el fracaso de los estrategas».