Cuando se iba a iniciar el invierno, que para nosotros es la época de lluvia, regularmente a fines de abril o inicios de mayo, se dejaban venir unos fuertes aguaceros, con rayos y centellas que daban miedo. Yo creía que el cielo era un gran manteado de colores de ocasión, azul en el verano y gris en invierno, y que sobre él se iba rodando una gran piedra que el rayo aventaba hacia la cordillera de oriente, ya casi llegando a Moyuta. Mi abuela, con su gran sabiduría que adquirió en colegios de la capital, pues era hija de un curtido general del Ejército del general Justo Rufino Barrios, me decía que no, que era el ruido que causaban los choques de la electricidad que había en el cielo.
Y al mismo tiempo nos indicaban que si había tempestad, lo importante era tapar el tremol, porque atraía los rayos, como un pararrayo, solo que causando destrozos. Esa feria de mayo en Chiquimulilla no servía, porque los aguaceros interrumpían la coronación de la reina, paraban la rueda de caballitos, mojaban la marimba, se regresaba la procesión del Niño de la Cruz y hasta la banda de Ixhuatán cancelaba el concierto en el parque, porque las pitoretas, o sea trompetas, cornos, tubas y saxofones, se llenaban de agua y ya no soplaban, y todos los feriantes salían en desparpajo para sus casas, quizá con principio de resfrío. Como todo eso a mí no me afectaba, sólo me preocupaba de tapar el tremol para que no nos cayeran los rayos, con un chamarrón momosteco para estar seguro. Ese tremol lo llevó mi abuela a su casa como parte de su dote, y es de tan excelente confección que aún adorna mi casa, sin ninguna mancha de tiempo y reluciente en su elegante marco color negro y gris perla. Una noche soñé que estaba frente al tremol, con la vista fija en el espejo, reproduciendo mis arrugas, mis canas y los años que Dios me ha permitido vivir con plenitud. Quizá en el fondo abominando el espejo, como dice Borges. Y estaba tan concentrado en verme, que cuando sentí empezaron a repetirse todos los hechos y personas que el tremol, que ya tiene 118 años, guardó en sus entrañas de vidrio y mercurio durante mucho tiempo. Así fue como tuve oportunidad de ver a mi abuelo que sólo conocía en foto, un mexicano que participó en la revolución que después comandó Pacho Villa y Emiliano Zapata. Nadie en la familia me pudo contar cómo vino a terminar en Guatemala. Después fueron apareciendo mis tías, mi madre, mi abuela y todas las jovencitas que llegaban a tallarse los vestidos que les hacía mi tía Elena, para estrenarlos en la feria de mayo, para ver si les quedaban bien tallados o si había que meterles o sacarles en algún lado. Hasta una reina vi pasar en el tremol, cuando pasó a mi casa únicamente para ver cómo le quedaba un clavel que llevaba prendido arriba de la oreja derecha, ya no digamos a la Tona, mi china que me levantaba a las cuatro de la mañana para ir a comer champurradas en la panadería de enfrente. ¿Es posible que el tiempo y las personas se queden grabadas en un tremol, como si se tratara de una película de la vida? Pues tal vez sí, aunque sea en sueño. La vida es sueño dijo Calderón de la Barca. Y es que la frontera de la imaginación es muy lejana. Leyendo un libro del escritor Edmundo Valadés, cuenta que a un árabe le pidieron que iluminara un extenso desierto sólo con un fósforo. El árabe dijo que sí se podía: llenó el desierto de espejos contrapuestos, encendió el único fósforo frente a un espejo y lo demás fue que esa pequeña luz se repitiera en todos los espejos y el desierto se llenó de luz en todos sus confines. Yo espero que el tremol que me heredó mi abuela materna, esté siempre en mi casa para poder hablar en el futuro con mis nietos y bisnietos, sin necesidad de esos iluminados que dicen que pueden traer las almas de donde estén. Aunque para eso se necesita soñar.