El valor igual de todos los votos


Una de las caracterí­sticas de la democracia es que todos los votos valen lo mismo. Igual da si un analfabeto marca el sí­mbolo de algún candidato a que lo haga el más prestigioso de los académicos del paí­s, porque al momento de contar los sufragios no se anda valorando cada uno de acuerdo con las credenciales de quien lo emitió. Eso es objeto de malestar para muchos que consideran que es absurdo darle el mismo peso al voto de un analfabeto que al de un reconocido personaje de la sociedad y de hecho en la constituyente de 1945 fue motivo de amplia discusión, porque en ese momento todaví­a hubo quienes plantearon que la norma fundamental de la república tení­a que prohibir el voto de los ignorantes, de los analfabetos.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Nadie pensó que esa condición de ignorancia no era producto de una selección razonada de quienes la sufrí­an, sino que era derivada de la existencia de un sistema excluyente que deja a muchos sin acceso a la educación, por no decir que los deja sin acceso siquiera a una nutrición que permita que se desarrollen fí­sica y mentalmente en condiciones aceptables.

En aquella Asamblea Constituyente el argumento que resultó más contundente, a la luz de los debates recogidos en el diario de sesiones, fue el que esgrimió mi abuelo, Clemente Marroquí­n Rojas, cuando les recordó a los constituyentes que las dictaduras del paí­s jamás habí­an sido impulsadas por ese pueblo ignorante al que, injustamente, se culpaba de ser el creador de los tiranos. Con hechos, pelos y señales, Clemente Marroquí­n Rojas ilustró a los diputados sobre cómo fueron siempre los letrados, los potentados y la gente que se consideraba bien, la que aduló y rodeó a los dictadores facilitando de esa manera el control que llegaron a tener del paí­s.

Viene a cuento todo lo anterior ahora que veo el debate que existe en la Ciudad de Antigua Guatemala por las diferencias entre los antigí¼eños de viejo cuño y los habitantes de las aldeas vecinas que, tras actualizar sus datos, votaron en las mesas para ciudadanos actualizados evitando el triunfo de la arquitecta Asencio, quien era la aparente favorita para hacerse con la alcaldí­a de esa importante ciudad. Favorita porque evidentemente es una persona con preparación suficiente para hacerse cargo de la administración del monumento colonial, y con los respaldos entre los antigí¼eños como para aspirar seriamente a convertirse en jefa del Ayuntamiento.

Pero sus seguidores no han entendido el peso del voto de quienes posiblemente no sean antigí¼eños a carta cabal, ni gente con arraigo en el municipio, sino que son fueranos, habitantes de las aldeas, pero cuyo voto al final de cuentas tiene según la ley el mismo peso que el del más destacado vecino de la vieja y señorial Antigua.

Creo que la actitud de algunos de los seguidores de la arquitecta Asencio pueden crear problemas muy serios para el futuro al plantear la disputa en los términos en que lo hacen, hablando de fraude electoral y, sobre todo, tratando con tanto menosprecio a los habitantes de las aldeas vecinas que, efectivamente, fueron movilizados en buses para que fueran a votar a los centros establecidos por la Junta Electoral Municipal. Es obvio que esos vecinos tení­an que votar todos en las mesas asignadas a los que actualizaron sus datos y que muchos no son nativos de la Antigua, pero para bien o para mal, su voto cuenta exactamente igual que el de cualquier otro antigí¼eño, nuevo o viejo.

Ojalá que los resquemores de la contienda no vayan a trascender, creando divisiones profundas entre los ilustrados y el populacho, como ha expresado alguno, porque al final de cuentas, todo voto vale lo mismo.