El valor del contrapoder


Hugo Chávez, el presidente venezolano, es muy antipático para muchas personas. Dejando a un lado las ideologí­as polí­ticas, me parecerí­a que aunque fuera de derecha o de izquierda moderada, igual caerí­a mal. A ello, hay que sumarle que -con la decadencia en el poder cubano de Fidel Castro- Chávez se ha convertido en el nuevo «petate del muerto» del neoliberalismo latinoamericano.

Mario Cordero ívila
mcordero@lahora.com.gt

Chávez ha fungido y seguirá fungiendo como la figura demoní­aca que el conservadurismo necesita para simbolizar al contraejemplo de quienes no se apeguen a los postulados neoliberales. Esta figura la simbolizó por décadas Fidel Castro, pero con el retiro del poder, dejó de serlo.

Ciertamente, las posturas de Chávez son en extremo radicales, lo cual, unido a su poco carisma, lo convierte en el blanco más evidente de los ataques. Otras opciones menos radicales -como Lula, en Brasil, Evo, en Bolivia, y Correa, en Ecuador- no son tan atacados.

Sin entrar a debates ideológicos (que tanto daño nos hacen, porque los de izquierda descalifican per se a los de derecha, y viceversa), me parece que es muy ilustrativo la forma en que algunos medios presentaron la noticia de los resultados de las Elecciones Legislativas en Venezuela.

«Hugo Chávez ya no sigue siendo el rey.» «Hugo Chávez sufre descalabro polí­tico.» «Oposición controlará a Chávez.» Titulares que no parecen reflejar que, a pesar de todo, el Partido Socialista Unido de Venezuela (oficialista) obtuvo la mayorí­a -mas no calificada- del Parlamento. Sin embargo, cualquier gobierno se sentirí­a satisfecho de tener tal porcentaje de curules dentro del Legislativo. Sin ir muy lejos, es evidente el problema del gobierno guatemalteco al no contar ni siquiera con la mayorí­a simple del Congreso.

Lo que supongo de estos titulares y de la evidente euforia de la derecha latinoamericana ante los resultados en Venezuela, es que se le quita el poder total a Chávez. Sin embargo, nada se dice que fue precisamente la oposición en Venezuela quien decidió no participar en las elecciones pasadas, creyendo que darí­an un golpe de deslegitimación a Chávez, pero el efecto fue contrario.

Las posturas antineoliberales no son exclusivas de Chávez; en Latinoamérica se encuentran otros ejemplos, que se esfuerzan en buscar alternativas al modelo neoliberal que, pese a sus defensores, no ha logrado combatir la pobreza de nuestras naciones. Me parece positivo que haya paí­ses que se esfuercen por buscar esa alternativa, alejada de Estados Unidos, los organismos internacionales de financiamiento y el Consejo de Seguridad de la ONU.

Sin embargo, todo poder necesita de una contraparte para funcionar de una mejor manera. Sin duda, el error de la oposición venezolana fue no haber participado en las elecciones pasadas, lo que permitió a Chávez aprobar algunas polí­ticas y leyes aberrantes, que, más que buscar una alternativa antineoliberal, se constituyeron en un mal ejercicio del poder.

Espero (si es que Chávez no convence a diputados electos para pasarse de su lado y alcanzar, de nuevo, la mayorí­a calificada) que la oposición en Venezuela sirva para frenar los excesos del poder, pero que, de cualquier forma, se pueda gobernar para que se puedan seguir buscando alternativas al modelo conservador, que no ha dado los resultados prometidos.

La oposición se entiende, sobre todo en paí­ses como Guatemala, como «entorpecer» al poder y no dejarlo gobernar. En otros contextos, se ha utilizado torpemente el término «contrapoder», creyendo que deberí­a estar «en contra del poder». Sin embargo, en inglés la traducción del prefijo «counter» (contra) no significa, necesariamente, estar en contra, sino un complemento. Así­ como el término marino «contramaestre» no significa que está en contra del capitán de barco, sino que lo complementa.

La oposición (o contrapoder) debe complementar el poder, y si hablamos del juego polí­tico, es tan necesario el poder gobernante como las propuestas desde un punto de vista distinto. En Venezuela, la oposición celebra, pero no se dan cuenta que ellos mismos propiciaron el rompimiento del juego del poder al no haber participado en las elecciones.