Sí, podría ser una columna de motivación para elevarnos la autoestima y sobrellevar la rutina con una sonrisa, aunque esta sea fingida. Probablemente sí necesitamos uno que otro libro escrito por algún inspirado luchador de la vida para inyectarnos vitamina V de vida. Pero no, el valor de la vida acá en Guatemala es distinto.
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El otro día, mientras vitrineaba en el Centro Histórico pasó a mi lado una pareja de jóvenes que no llegaban aún a la mayoría de edad. Quizá fuesen estudiantes por su mochila en la espalda, aunque más parecían empleados de alguna bodega cercana. Pararon y discutieron por un rato hasta que las palabras subieron de tono llegando a los empujones. El más pequeño de los dos lo escupió y sin ninguna conmiseración le advirtió: -«Si tuviera una pistola te quebraría el culo en este rato».
Quizá haya sido un arranque de furia y lo primero que se le vino a la mente era volarle los sesos a su colega. Quizá si tuviera realmente la pistola en la mano se hubiera arrepentido en el último momento y le perdonaría la vida. Quizá era una forma de demostrarse superior al otro y pensó que el recurso oportuno para amedrentar los ánimos de su oponente era advertir que su vida valía lo mismo que vale una bala. O menos.
Este país apesta a muerte. Y no sólo la muerte de los miles que permanecen bajo nuestros pies presas de un sistema caníbal y retrógrado. En el ambiente se respira un desagradable olor a sangre humana que llega hasta nuestras neuronas contaminando nuestros pensamientos homicidas. Caminamos entre cadáveres todos los días, desde que nos levantamos, desde que nos dormimos, todo tiene un desagradable olor muerte. Y lo más triste es que nos estamos acostumbrando a vivir así.
Si conducimos y algún imprudente nos rebasa de forma abusiva la conciencia vestida de rojo, cuernos y cola se los posa en el lado siniestro alimentando un pensamiento de responderle el insulto metiéndole candela al acelerador y echarle el carro del mismo modo, o peor, de como él lo hizo. Si estamos haciendo una cola por algún trámite y llevamos un buen tiempo parados, y de pronto vemos a alguien que llega y sin aviso se introduce a la fila cercana a la ventanilla, nos ponemos muy cerca de la línea de los golpes o pensaríamos: -«Si tuviera una pistola le quebraría el culo a este vato». Es la forma más inmediata de acabar con nuestros problemas y como este país de salvajes lo consiente, todo se vuelve más fácil.
Se pide una ley de armas, para retirar de la sociedad todos esos instrumentos de muerte, sin embargo, siempre habrá alguien que salga a defenderlas pues son su mejor pasatiempo. Se pide más seguridad y nos mandan soldados a las calles, y se alejan de las causas estructurales que degenera la violencia. Se pide más trabajo, y detrás de los beemesdoblebés o mercedes nos dicen que el país está en crisis y no se pueden ofrecer oportunidades en los lugares donde tampoco las hubo. Nos piden que paguemos impuestos, cuando los salarios son miserables y quienes deben pagarlos no lo hacen. Nosotros, como ciudadanos sólo pedimos vivir en paz y con seguridad, y quizá que le den un poco más de valor a la vida.