Hace rato salimos de la época de las carrozas y carretas, de los policías dando vía en las esquinas encaramados en un taburete con tapasol y de los ruidosos gorgoritos de los agentes de tránsito, sin embargo, no hay manera de hacerle entender a nuestras autoridades que nuestras poblaciones ante su notoria incapacidad por brindar a sus habitantes un transporte colectivo, seguro y confortable, no nos quedó otro remedio que comprar cada quien nuestro vehículo y de esa forma, de aquellas apacibles rutas, pasamos a las atiborrarlas de vehículos de todo tipo y categoría, a tal punto, que ya no cabemos en ellas.
Si hubieran comprendido que la situación había cambiado hubiera surgido la necesidad de tomar acción, que no es otra cosa que aplicar la inteligencia, a fin de poner al servicio de la comunidad semáforos sincronizados (también hay «inteligentes»); de arreglar, modificar o cambiar las vías de comunicación; colocar señales indicativas y preventivas, en fin, todo aquello que contribuyera a hacer expedito el tránsito de vehículos. Pero la inteligencia no ha aparecido por ninguna parte, no pasamos de las obras acomodadas a intereses particulares por aquí, chapuces por allá, improvisaciones, ajustes y medidas coyunturales que no han solucionado el problema, algunas veces lo han complicado más y en otras, como ocurre con el llamado Centro Histórico, sigue igualito que antes como en los tiempos de carrozas y carretas.
A lo anterior y en el afán de tomar medidas preventivas, aunque fuera a rajatablas, se sumó el desmedido afán de poner túmulos por todos lados, desordenadamente se hicieron funcionar dos policías de tránsito que han llegado hasta el colmo de liarse a golpes, poner a sonar gorgoritos en puntos clave, logrando con ello entrampar todavía más los congestionamientos y para colmo, las manifestaciones y un Ministerio Público que dispone a cada rato cerrar totalmente las vías de comunicación para realizar sus investigaciones, sin llegar nunca a lograr resultados positivos, lo que en Tokio, México o Nueva York, por ejemplo, provocaría un desastre de Padre y Señor Mío.
El incontenible afán de hacer llegar fondos a las alcaldías, en especial a la capitalina, se han preocupado más por imponer multas por mal estacionamiento en lugar de evitar accidentes y de esa cuenta, se aprecia la desaparición paulatina de señales orientadoras y preventivas, la ausencia de mantenimiento de las indicaciones en el asfalto, bordillos y banquetas, en fin, todo aquello que pudiera contribuir a hacer más expedito, seguro y confiable el tránsito, sin los sobresaltos que sufrimos constantemente los conductores. Si a lo anterior le agregamos la ausencia de educación y cultura de nuestro pueblo, como la invasión de motocicletas que la crisis del transporte y el precio de los combustibles trajo consigo. ¿No cree usted apreciable lector, que ya es hora de contar siquiera con una pizca de inteligencia?