Cuando se iniciaron las obras del Transmetro en la Aguilar Batres, los capitalinos empezamos a sufrir las consecuencias de la reducción de las vías y la Municipalidad se apresuró a explicar que el problema sería temporal porque al inaugurar el proyecto los buses urbanos dejarían de circular y que los controles sobre otro tipo de transporte pesado serían de tal magnitud que impedirían cualquier bloqueo al flujo vehicular en los dos carriles que subsistieron. Desde esa época traté siempre de evitar la Aguilar Batres, pero cuando el pasado viernes viajé a la Antigua Guatemala noté que antes de llegar al nuevo paso a desnivel de la entrada a San Cristóbal, la fila de automóviles no se movía y ya alcanzaba varios kilómetros.
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Pensé que el retorno me saldría mejor por el camino a Bárcenas para tomar Villalobos, sobre todo suponiendo que por ser sábado un día inhábil no habría mayor atasco. Pero la verdad resultó totalmente diferente y para llegar desde la cuesta de Villalobos hasta el Trébol me tomó 45 minutos de un tráfico exasperantemente lento y sin que existiera ninguna razón para explicarlo. Ninguna obstrucción ni carros descompuestos, sino simplemente la reducción de los cuatro carriles de la subida en Villalobos a los dos que quedan en la Aguilar Batres es suficiente para generar el problema.
En sentido contrario ocurría exactamente lo mismo y la cola apenas se movía. Evidentemente los guatemaltecos hemos aprendido a vivir con el tráfico y lo toleramos como algo inevitable, pero sin duda alguna que hay que evaluar seriamente el impacto del Transmetro para que en sus fases sucesivas no vaya a significar lo mismo en otras rutas de entrada y salida de la ciudad. Porque aparte del tiempo que se pierde y que en las horas pico entre semana es mucho mayor, hay que ver que el costo de los atascos es tremendo en consumo de carburantes y en deterioro de la ya vetusta flota de vehículos particulares que circula por el país.
Indudablemente que el Transmetro ofrece algunas ventajas a sus usuarios porque circula con agilidad y es evidente que los controles en las respectivas paradas ha permitido evitar que los maleantes hagan de las suyas en contra de los pasajeros. La gente se aglomera en las estaciones y de manera ordenada aborda las unidades que con fluidez se desplazan a los puntos terminales. Pero a la par de los gusanos van miles de automóviles a paso de tortuga y se trata de personas que no viven cerca de la ruta del proyecto municipal y por lo tanto necesitan de su vehículo para movilizarse.
Taponear una arteria como la Aguilar Batres en la forma en que lo hizo la Municipalidad de Guatemala es un absurdo porque no resolvieron el problema vial, sino que lo complicaron. Entiendo que el espíritu es alentar el uso del transporte colectivo y desestimular el uso de vehículos particulares, pero la oferta es insuficiente, para empezar, y su cobertura escasa, lo que mantiene la necesidad del carro privado que ahora, eso sí, se atasca en medio de una reducción de carriles que al final de cuentas no se puede justificar desde ningún punto de vista. Creo que la Municipalidad tendría que habilitar rutas alternas para desfogar esa tremenda carga que pesa sobre la Aguilar Batres y que la congestiona terriblemente y de una manera que termina siendo exasperante para una vez, no digamos para quienes diariamente tienen que sufrir ese calvario.