Dinero, plata, pisto. Sólo de eso se habla en este deteriorado planeta. Crecen los niños con la idea de que sin él no es posible vivir ni lograr nada. Las niñas van a la escuela sólo con lo necesario: una gabachita para no ensuciar el vestido; la lonchera con un vaso térmico con rosa de jamaica, galletas y si al caso un emparedado. Un pequeño estanquillo con chocolates, goma de mascar, chicharrones de plástico y tostadas las espera al salir a recreo.
Todos ven con sorpresa cómo la amiga regordeta abre su monedero y aparece entonces como por arte de magia, un billete verde: de un lado, el ave símbolo, volando bajo como siempre; refulgentes las estrellas de un chafarotón golpista; glifos y más glifos; en el envés, los catorce pisos del edificio que guarda el dinero que recibimos de prestado. Para su sorpresa ven las compañeras cómo desaparece el billete convertido, en caramelos, paletas, nachos.
Una compañera contagiada por la codicia suplica a los padres: –Quiero un quetzal para mis dulces–; a lo que responde el padre: – Crees que estoy sentado en una curul de pisto. Te tienes que conformar con la choca de siempre–.
La primera señal de que los patojos crecen es la aparición de los dientes. Una tarde al regresar de la escuela, la niña nota que uno de los dientes de arriba se bambolea a punto de caerse, haciendo pinza con los dedos, lo zarandea hasta que se desprende. Por la noche, coloca el diente de leche ensangrentado dentro de un sobre en el que escribe con letra tosca: “Ratón: hoy se me cayó este diente… espero la recompensa”. A la mañana siguiente, la niña se levanta más temprano que de costumbre, sin esperar la chicharra del despertador. Son las seis de la mañana cuando las manos de la niña hurgan debajo de la almohada, sólo para sentir que el sobre abandonado pesa más que cuando lo dejó. Cuando lo abre comprueba que en lugar del incisivo de marfil aparece una ficha refulgente.
Con el relato del diente y la moneda, reaparece el recuerdo de sucesos aciagos: la quiebra de bancos empresariales, promotores y metropolitanos; los trinquetes, trápalas y escamoteos de dinero ajeno de bancos de café; todo esto causado por la ambición desmedida, los manejos perversos y la impunidad descarada de dueños, directivos, socios mayoritarios, funcionarios y empresarios.
Aparece entonces el genio de don Francisco de Quevedo y Villegas, la frente amplia, el mostacho florido y la nariz aguileña que sostiene los quevedos (esos lentes a los que él dio su ilustre nombre), quien con su sonrisa burlona expresa ya entrado el siglo XVII: “Todo es hipocresía, pues llaman amistad al amancebamiento, trato a la usura y burla a la estafa. Madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado, pues de puro enamorado, anda contino amarillo; pues que doblón o sencillo, hace todo cuanto quiero, poderoso caballero es don dinero”.
Triste es decirlo pero cuatro siglos después se repiten las palabras del genio de Quevedo; y reaparece con más ímpetu, la figura desagradable y depravada del asqueroso, fachendoso y todopoderoso Don Dinero.