El año 2008 arrancó para India con altas expectativas de bonanza económica y triunfos diplomáticos, pero acabó teñido de sangre con los atentados de Bombay y con serias preocupaciones sobre el impacto que la crisis mundial tendrá para el crecimiento de esta potencia emergente.

Aunque el terrorismo y la violencia no son ajenos a la realidad de India, la magnitud y la audacia de los atentados de Bombay del 26 de noviembre atormentaron al país y golpearon su recuperada confianza en la escena internacional.
Diez islamistas armados perpetraron los atentados, cuidadosamente planeados, que dejaron 172 muertos (incluyendo nueve de los atacantes) durante tres días de masacre en la capital financiera de India.
Nueva Delhi acusó de los atentados a «elementos» de Pakistán, abriendo una nueva brecha en las complicadas relaciones entre ambos vecinos nucleares.
Estados Unidos, ya en dificultades para mantener a Pakistán como aliado clave en el conflicto contra los talibanes en Afganistán, tuvo que desplegar su artillería diplomática para evitar que la disputa pasara a mayores.
La masacre de Bombay fue la más sangrienta de un año plagado de ataques, renovadas tensiones en la región de Cachemira y afrentas contra los cristianos por parte de grupos hindúes de extrema derecha.
En septiembre, la capital Nueva Delhi sufrió una serie de atentados en mercados concurridos que se cobraron más de dos decenas de muertos. Fueron reivindicados por un grupo denominado los Muyaidines de India.
Seis semanas después, más de 60 personas murieron y unas 300 resultaron heridas en una docena de explosiones en varias ciudades, en un rebrote de la insurgencia en el Estado de Assam (noreste).
La violencia levantó una polvareda de críticas sobre los dispositivos de seguridad interna del país y las capacidades de los servicios de inteligencia, que se intensificaron con los atentados de Bombay.
La última masacre eclipsó la histórica maniobra diplomática que Nueva Delhi acababa de sellar con Washington, que puso fin a su condición de paria nuclear global.
El 10 de octubre, ambos países firmaron un acuerdo para iniciar la venta de tecnología nuclear civil a India, levantando así una prohibición impuesta tras su primera prueba atómica en 1974.
El pacto reafirmó a India en el tablero político global y dio un valor añadido a su condición de potencia económica emergente.
Pero varios años sucesivos de crecimiento económico se frenarán en seco en 2009, según las previsiones que confirman que India también ha sucumbido a los efectos de la crisis financiera mundial.
Los precios de la vivienda se desplomaron en el subcontinente, el crédito se estancó, las fábricas redujeron su producción, las exportaciones cayeron y la bolsa de Bombay perdió casi 60% de su valor.
Por ende, los inversores extranjeros retirarán este año 13 mil millones de dólares.
El gobierno ha tomado algunas medidas para estimular la economía. Pero a diferencia de China, India -cuyo déficit combinado nacional y regional es uno de los mayores del mundo- no tiene tanto margen para un «big bang» fiscal.
«La habilidad del gobierno para estimular la economía está obviamente restringida por su salud fiscal actual», dijo el economista Siddartha Sanyal, de Edwelweiss Securities de Bombay.
No obstante, los economistas prevén que India crecerá al menos un 6,8% en 2008 y alrededor de un 5,5% el año próximo.
La economía y la seguridad nacional serán temas centrales de las elecciones generales que el gobierno convocará de aquí a marzo.
Los resultados son difíciles de vaticinar. El gobernante Partido del Congreso, pese a haber sido criticado tras los atentados de Bombay, ganó una serie de elecciones regionales frente al principal partido de la oposición, el nacionalista hindú BJP.