Hemos terminado un período «glorioso» para el tráfico capitalino; durante las vacaciones escolares, las calles de la ciudad se liberan un poco. Las trayectorias automovilísticas se hacían en el tiempo que se deben hacer.
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Sin embargo, cuando inicia la semana escolar en enero, nos damos cuenta que nuestra ciudad es una ratonera, que nos obliga a ir, como roedores en un laberinto, por donde se puede y no por donde se quiere. Lo que en diciembre se hacía en veinte minutos, hoy lo hacemos en una hora.
En la ciudad capital, los agentes de la Policía Municipal de Tránsito (PMT) intentan coordinar el fluir de los vehículos. Habrá que aceptar que en algunos puntos de la ciudad, la presencia de estos agentes ayuda a destrabar el tráfico.
Yo he sido testigo de puntos en donde empieza a intervenir la PMT, y pasan algunos días tomando notas sobre el flujo vehicular, para después tomar acciones: desviar vehículos, impedir el paso de camionetas, intervenir el semáforo…
Sin embargo, estas acciones siempre perjudicarán a más de alguno, y obviamente se molestará, ya que cuando hay atrasos aparentes, uno desearía que predominara el caos y se rigiera por la ley del más abusado. El problema es que en estos puntos de intervención de la PMT, son agentes humanos quienes controlan; esto corresponde al eterno problema de los deportes y los árbitros, quienes siempre se equivocarán, a pesar de lo mucho que se apliquen. Los agentes de la PMT son humanos, y sería recomendable que estos apuntes se sistematizaran en la coordinación de semáforos o señales, ya que los agentes usualmente se equivocan y hasta actúan de forma perniciosa, sobre todo si les bocinan para que se apuren.
En primer lugar, considero que gran parte de nuestro problema de tránsito es la falta de educación vial que tenemos. Si el tránsito ya es de por sí pesado por el enorme flujo de vehículos, cuando existe un accidente se vuelve imposible. Y precisamente esos accidentes se deben, en su mayoría, por conductores que hacen acciones indebidas.
La educación vial debe ser incluida, de urgencia nacional, dentro del pénsum de estudios de la educación primaria. Aunque la mayoría de personas no pretenda optar a tener un vehículo, los peatones también deben aprender a conducirse por las calles.
Conducirse con un vehículo ofrece una visión distinta de las vías. Cuando un piloto camina como peatón, sabe probablemente qué hará un vehículo que se aproxima: si cruzará, si parará para dejarlo pasar, etc.
Un ejemplo es que muchos accidentes ocurren frente a los agentes de la PMT, luego de que éstos intentan coordinar el flujo del tránsito. El problema es que, probablemente, los agentes no sepan conducir un vehículo o no tienen mucha experiencia en ello, y por eso no saben pensar como piloto, y eso les impide conocer la psicología del tránsito.
Otro ejemplo, quizá más claro para todos, de nuestra poca educación vial, simplemente se observa en las aceras de la ciudad, o en establecimientos comerciales, como los supermercados. Nuestro caminar se entorpece a cada momento, ya que quien va en la misma vía se detiene, se queda parado, quiere pasar por donde vamos, no ofrece la vía, etc.
Somos un pueblo que no es solidario. Casi siempre, nos importan sólo nuestras narices y su derecho de vía; justificamos nuestra imprudencia al conducir por el simple hecho de «ir tarde» a una cita, sin tomar en cuenta que, en realidad, todos queremos llegar lo más pronto posible.
El tránsito mejorará sensiblemente con medidas certeras en la señalización y semaforización, eliminando el criterio humano de los agentes -ya que éstos usualmente se equivocan-, y fomentando la solidaridad en las vías, acción que únicamente nos la dará la educación vial.
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