De Rubén Darío es una frase simple y lapidaria, “cuando la patria es chica, uno grande la sueñaâ€. En ocasión de consumarse, al fin, el evento electoral de este año, es pertinente seguir provocando reflexiones que pongan en su justa dimensión histórica, la posibilidad real de lo que obtendrán los ciudadanos el próximo domingo. Coinciden en este mes, las fiestas que celebran el patriotismo débil de ave, bandera y árbol y la realización del ejercicio de democracia electoral.
En tal sentido resulta adecuado reflexionar sobre la conformación histórica de Guatemala, el desarrollo de su Estado, y a partir de ahí, los límites de su democracia electoral. La constitución de la patria se basa en la noción de lo nacional como construcción social e ideológica, lo cual a su vez se condensa en la identidad que luego se vuelve identidad nacional. Este país de débiles y confusos referentes históricos está marcado por el trauma de la colonización que ocasionó la pérdida de la memoria inicial. A partir de ese hecho histórico, la edificación de la identidad ha estado permeada por la hegemonía del criollo que permitió un tipo de Estado. La fundación de esta nación se hizo utilizando los ropajes de la época, influenciados como en muchas partes, por la expansión del ideario liberal de la Revolución Francesa, sin embargo la doble moral se instituyó desde la suscripción del acta (de independencia) puesto que debajo de las prendas de ese tiempo, se mantuvo la ropa interior de la lógica del trabajo forzoso y la acumulación de un Estado Colonial. Esa contradicción se reflejó muy bien en el desarrollo del café, a través del cual este país se insertaría en el mercado mundial de ese producto, sobre la base de relaciones serviles del trabajo. El ideario liberal bajo el cual se construyeron los Estados democráticos como garantes de la libertad económica, el mercado, la libre circulación de capitales, bienes y personas y la erradicación de los monopolios, implicó también el desarrollo de la idea de una nación moderna sobre la base de relaciones capitalistas de producción, lo cual se sustentaría en la llamada figura de la ciudadanía. Ese concepto que se puede definir como la garantía para que la relación entre el Estado (el de Derecho) y las personas, se desarrolle sobre una serie de deberes y retribuciones, supone sin embargo, que los ciudadanos sean capaces de interactuar con las instituciones de poder estatal y por lo tanto, que ese ciudadano haya desarrollado capacidades para convertirse en uno al menos letrado. Como ya sabemos, la historia de este país da cuenta más bien de procesos de desciudadanización o de la expulsión de grandes grupos de población, conglomerados que tienen en común el rostro indígena. En este panorama, y para aterrizar en la antesala electoral, la relación entre el ciudadano que no lo es y el candidato a un puesto público que quiere representar a la ciudadanía, se desarrolla sobre la contradicción histórica que acabo de describir. Lo que permea e intermedia el impacto de la propaganda electoral en los oídos del guatemalteco común y corriente, son las argucias de la comunicación masiva, que utiliza el mercado en la industria popular, y no, el diálogo o el debate de las contradicciones esenciales. Dicho de otro modo, las canciones, pancartas, vallas, mupis, etc. le suenan al ciudadano como otro producto en venta, que el mercado usa para persuadirlo y ganar su confianza. La prueba de ello en palabras de M. Morales, es la apelación al melodrama que hace la campaña política, y no a la reflexión, se llama a la emoción y no a la razón. Es por eso que las canciones de la campaña perdurarán más en el tiempo y en la inconsciencia de los chapines, que las posturas de los candidatos. Es en este escenario de precarias instituciones y débiles arraigos sociales, en el que este mes coincidirá el ejercicio electoral y las fiestas de independencia; es claro pues que así como es fácil la confusión entre política y consumo de masas, también es fácil la confusión entre identidad y añoranza.