Así es como lo llamó el escritor Francisco Goldman en una entrevista en torno a la presentación de la traducción al español de su libro «El arte del crimen político».
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Y es que en Guatemala nos hemos topado con cada caso, que darían para recopilarlos todos en un libro y bien podría pasar con una compilación de relatos surrealistas: asesinados que dejan vídeos post mórtem, ex presidentes extraditados que salen libres en pocas horas, manifestaciones convocadas desde Internet, testigos protegidos que andan sueltos dando declaraciones en radio, supuestas víctimas de secuestro que piden que ya no investiguen su caso, etc.
Estamos muy lejos de saber la verdad, porque las autoridades de todo tipo (monetarias, penales, gubernamentales, legislativas, contraloras) se tapan todas entre ellas, para no dejar salir los casos más peliagudos.
Y para desviar la atención, se inventan cada cosa, como todas las hipótesis que surgieron alrededor del asesinato de monseñor Gerardi, en donde se crearon mitos sobre asesinatos pasionales o mordidas de chuchos enfermos.
Lo malo es que los medios de comunicación ayudan a transmitir este síndrome Balú. Y lo peor es que el pueblo les cree a los medios de comunicación.
Actualmente, hay muchos casos que presentan características del síndrome Balú, tales como el mismísimo Caso Rosenberg, el del supuesto plan para asesinar a los máximos líderes del Partido Patriota, y el presunto secuestro, tortura y violación de Gladys Monterroso.
Lamentablemente, en torno a estos casos se han levantado una serie de bolas, pero sobre todo, hay personas políticamente implicadas e interesadas, que pujan para implantar pruebas, a fin de crear una opinión pública favorable o desfavorable para cierto grupo, y lo que menos importa es saber la verdad de todo.
En pocos días, por ejemplo, la nueva y criticada cúpula de la Policía Nacional Civil ha logrado capturas «importantes», como la ocurrida justamente pocas horas después de asumir, y que fue la aprehensión del presunto autor intelectual del escabroso Robo Millonario en el Aeropuerto La Aurora.
¡Qué casualidad! Tantos meses prófugo, y en poco tiempo, el flamante director de la PNC se adjudica la captura gracias a unos operativos que él ordenó, aunque Gándara lo contradijo después, argumentando que fue una captura casual. Peor aún fueron las declaraciones iniciales del capturado, quien dijo que él había pasado libre debido a que pagaba a los policías para evitar su captura. ¡Quién sabe!
Además, el reciente embargo al millonario cargamento de pseudoefedrina, que por la misma prohibición impuesta por el Gobierno, nunca más se volvió a saber de ella. Las autoridades obraron mal en dar a conocer este «bombazo» mediático, que no tiene otra finalidad que mejorar la imagen de la seguridad pública, porque si hubiesen querido continuar con la investigación de quién la encargó, se debieron haber quedado con la boca cerrada, aunque eso signifique no «bañarse de gloria» rápidamente.
El manejo de la percepción y la imagen mediática se convierten en juegos escabrosos del poder; pero el problema es que esa farándula del poder nos atrae y le prestamos atención, como si fuera una buena revista de chismes de famosos.
A las autoridades estatales les falta legitimidad -no democrática, porque esa la justifican con un pobre ejercicio electoral-; esa legitimidad que dan instituciones sanas. El llamado Grupo Garante del Acuerdo Nacional de Seguridad y Justicia, lo que hace es dar credibilidad al Gobierno, pero sería un gran golpe si al final de cuentas deciden retirarse, porque los tres organismos del Estado ya tienen muy poco de dónde aferrarse… La espada de Damocles ya pende sobre ellos, y no se dan cuenta. (http://diarioparanoico.blogspot.com)