La noche del 20 de julio de 1969, fue histórica. Había luna llena. Yo jugaba con varios adolescentes amigos, en tanto nuestros padres permanecían inusualmente hipnotizados frente al televisor. Escuchaban Radio Fabulosa en AM, propiedad de Don “Paco” Maza y sintonizaban la transmisión de televisión en blanco y negro. Estábamos en su casa.
Uno de los narradores de ese acontecimiento, por radio la Voz de América –VOA–, era “chapín”: Carlos Rivas. Luego de varias horas jugando, en un momento dado, pasé corriendo cerca de la tele y me detuve asombrado. Esos instantes permanecerán para siempre en mi memoria. Recuerdo que vi una imagen humanizada, que saltaba de una escalerilla. Aquel hombre posó sus pies por primera vez sobre la Luna, un acto de gran significancia para la Humanidad, como él mismo comentó. Era Neil Armstrong, del Apolo 11.
El sábado pasado, 25 de agosto, Neil Armstrong dejó de existir y hoy valoro su hazaña de muy diferente forma, como aquella inolvidable noche de mi adolescencia, porque además, le di un beso a una princesa y ambos hechos me impactaron profundamente. Durante meses, tal vez años, asombrado, repetía en sueños esa imagen del astronauta Armstrong, bajando de su nave, hacia un desértico y gélido paisaje lunar. Mucho después, leí que denunciaban un montaje cinematográfico; que era una burla, que el viento no existe en aquel lugar y la posición de la bandera de Estados Unidos ondeando, casi horizontalmente, era físicamente improbable. ¡La eterna teoría de la conspiración!
Hoy sabemos que 600 millones de personas en el mundo, estaban sintonizadas (como mis padres y sus amigos) en reuniones “ceremoniales” frente al televisor o la radio, esperando ese acontecimiento, que ha sido considerado el inicio de los grandes eventos mediales del siglo XX. Para su época, fue extraordinario. Una audiencia tan grande, solo pudo ser capturada décadas después. Esa fue, tal vez, una de las pioneras transmisiones en vivo de los medios masivos de información, comparada solo con la del funeral del presidente Kennedy, en 1963. Muchos expertos afirman que haber llegado a la Luna, ya era una hazaña… pero transmitirla en vivo fue más importante que el propio hecho, por las implicaciones psicológicas que tuvo para el género humano.
Y a partir de esos momentos, Estados Unidos de América se impuso sobre la Unión Soviética en la carrera espacial, diciéndoles a todos: hasta aquí es mi territorio. ¿Todo el espacio? ¿Una frontera sin fronteras? El hecho fue que lo significó como la potencia más grande del mundo, ahora también en el campo de la tecnología; solo Estados Unidos podía colocar a un hombre sobre la superficie lunar y mostrárselo al mundo entero. En un solo brinco, junto a Armstrong, ese 20 de julio de 1969, todos pasamos de una década maravillosamente controversial para la Humanidad, a la Era de la Información. Los héroes eran tres astronautas “gringos”, vestidos de blanco, como oficiantes sacros de la posmodernidad. La tecnología espacial era la fuerza que permitía dicha epopeya, celebrada mundialmente.
Esa noche se consumó una hazaña casi sobrehumana, en una “ceremonia” televisada a todos los rincones el planeta. Todos mirábamos asombrados cómo un artefacto terrícola (un poderoso cohete y su capsula) lograba depositar a dos de los suyos en el cercano satélite inexplorado, para pasear un par de horas por aquel extraño paisaje (que más parecía un desierto) y pronto regresarían sanos y salvos. Pero el propósito fue televisarlo, en vivo, en directo, desde la Luna. Descanse en paz Neil Armstrong. Seguramente aquella noche de mi tierno beso principesco, dejó huella indeleble, igual que aquel primer paso en la Luna. McLuhan decía que esa noche los astronautas fueron a fotografiar el satélite blanquecino y fotografiaron la Tierra… desde la Luna.