Mozart fue un genio extraordinariamente fecundo. Su obra llevó al clasicismo musical a su último desarrollo, otorgándole una perfección formal y un equilibrio de estructuras que significan mucho más que la gracia y la elegancia que durante mucho tiempo se le reconoció como única virtud expresiva. Mozart es la técnica del período clásico llevada a zonas de singular refinamiento, pero su pensamiento musical no se detuvo en los límites de la época en que vivió, sino que fue más allá anticipándose más o menos claramente a la etapa que habría de seguirle. Pero antes de continuar con este análisis, es preciso rendir tributo a Casiopea, esposa dorada, alegría deshojada, luz que me aprisiona, sonoridad de fuente, enhiesto trigo maduro y alta estrella de mar danzante en la constelación Marte, dulce caracola posada en mis oídos.
En sus últimas composiciones se contienen ya los gérmenes de un romanticismo cuya eclosión no podemos concretar en una fecha, sino que, como todas las convulsiones estéticas de la historia de la humanidad, se fue gestando y desarrollando casi imperceptiblemente a lo largo de los años y a medida que el entorno social se hacía cambiante.
No cabe duda que una parte de la música mozartiana es más seductora y deliciosa que profunda, tal es el caso de las serenatas, divertimentos y sinfonías de los primeros años. Sin embargo, esta es la parte menos considerable de una producción extensa que, en conjunto, ofrece la imagen de un artista tan profundo en la idea musical como refinado en la construcción arquitectónica. El aspecto alegre, distinguido y aristocrático de su música es muchas veces una apariencia que no ha de impedir apreciar la espiritualidad de unos conceptos musicales penetrados de un profundo dolor, trascendidos de un drama vivo en el corazón del artista. Mozart es siempre noble en su expresión, y cuando su necesidad de manifestarse se origina en un estado de emoción en el músico, vive intensamente y el pensamiento es hondo y los acentos conmovedores.
Fue un creador diverso, nada acomodado a fórmulas tradicionales ni remiso a la innovación. Muchas de sus composiciones constituyeron auténticas sorpresas armónicas, sin que los músicos más notables de su tiempo pudieran entender la genialidad espontánea de Mozart. Por otro lado, Joseph Haydn, destinatario de los cuartetos más bellos del compositor salzburgués, se sintió tan perplejo ante los atrevimientos que encerraban estas piezas que no pudo decir más que «si Mozart lo ha escrito así, habrá tenido sus buenas razones para hacerlo».
La producción mozartiana es una constante búsqueda de nuevas expresiones cada vez más profundas, con lo que se produce en su arte una diversificación que enriquece siempre el texto musical. Cabe preguntarse a qué cimas de belleza artística, a qué intensidades espirituales habría llegado Mozart de haber sido más larga su existencia. Cuando en el año de su muerte produjo obras tan sublimes como el Cuarteto en mi bemol mayor, el Concierto para piano en si bemol mayor, La flauta mágica y el Réquiem, hay que pensar que el arte mozartiano no había consumido todavía sus mejores esencias.
Las sinfonías
Mozart escribió sus sinfonías entre los nueve y los treinta y dos años de edad. Considerando el volumen musical de más de cuarenta obras y el tiempo que le llevó completarlas, el desarrollo artístico del compositor es asombroso. Las primeras sinfonías tienen como modelo las que había oído en Italia y Londres. Están estructuradas en tres movimientos cortos con un carácter galante que se mantiene dentro de las tonalidades mayores, sin que el compositor preste demasiada atención a las secciones de viento de la orquesta. Vienen a continuación las sinfonías compuestas en los viajes por Italia en 1769 y 1770. Puede advertirse en ellas la ampliación a cuatro movimientos y la firmeza de estilo. Es posible que aún puedan confundirse las sinfonías teatrales, es decir, las que encabezan una ópera, y las de cámara. La seguridad estilística no hace sino afirmarse en las sinfonías de 1771 (K. 73, K. 75, K. 110, K. 114), donde aparece una técnica contrapuntista no por leve menos interesante de observar.
La personalidad de Mozart es inconfundible ya en la K. 133 de 1772, en la que se manifiesta una vitalidad rítmica que no puede pasar inadvertida. Mozart utiliza la estructura armónica de la forma sonata con pequeñas variantes que singularizan su proceder. El compositor se desarrolla rápidamente como sinfonista.
En 1773 nacen más obras, que en otro compositor de diecisiete años debieran considerarse de juventud, peor que en Mozart, por la maestría de la construcción, son piezas de un artista maduro.
Cabe destacar las sinfonías en sol menor, K. 183, y en la mayor, K. 201. Aquella es la primera escrita en tonalidad menor; el autor entra en un clima notablemente dramático y pasional que se ha querido asociar a algún hecho de la vida del compositor, sin que se sepa cuál. En la K. 297 presenta un excelente trabajo en los instrumentos de viento y mayor extensión que las sinfonías anteriores, así como una brillantez más acusada.
Las inmediatamente posteriores, escritas para la orquesta de Salzburgo, son partituras menos exigentes dentro de una personalidad indudable. Las sinfonías mozartianas interpretadas con más frecuencia son las que escribió después de la ruptura con el arzobispo Antonio de Colloredo. La K. 385 de 1782, denominada Haffner, tiene las dimensiones de una serenata, mientras que la Linz, K. 425, es una composición de delicados contornos y sutiles acentos. La sinfonía No. 39, K. 73 K. 543, es la primera de las tres obras maestras con las que Mozart cerró su producción sinfónica. Le siguen la No. 40 K. 550, y la No. 41 K. 551, escritas todas en el tiempo de seis semanas en el verano de 1788. No se sabe exactamente quién fue el autor del nombre de Júpiter dado a la última, aunque pudo ser el empresario Salomón. Estas sinfonías representan la cúspide de la creación mozartiana.
Y por último, en la No. 41 existen unas connotaciones de signo romántico que no pasaron inadvertidas a los primeros compositores románticos. Las tres contienen mayor riqueza de emociones, una gran estructura sinfónica y un tratamiento armónico que supuso un anticipo a tiempos futuros. Las melodías se desarrollan a través de cromatismos que prestan mayor expresividad a los temas individuales y guardan relación con la armonía más atrevida.