El secreto está en la educación


Tienen mucha razón los que afirman que una de las principales claves para resolver nuestros problemas tiene que ver con el mundo de la educación. Quizá sea cierto. Es posible que la educación nos libere de tantos condicionamientos y opresiones que no nos permiten crecer y alcanzar -a través de ésta- un estado no sólo de progreso técnico o profesional, sino también ético.

Eduardo Blandón

La ignorancia y la poca preparación intelectual no es negocio para ninguno: ni para uno mismo ni para la sociedad en general. La estupidez no sólo nos impide lograr mejores oportunidades y más ingresos, sino también hace que vivamos en un mundo reducido y casi animal. Si aun y cuando siendo profesionales, cosmopolitas y supuestamente ilustrados (por leer al menos un par de libros al año) hacemos, hablamos y escribimos (ese es mi caso) a veces imbecilidades, imagí­nese usted el peligro en el que se encuentran quienes no tienen educación o la poseen en niveles elementales. Esa es una condición tan deplorable como la pobreza material misma.

El problema de la falta de educación es que no permite acceder a lo mejor de los seres humanos. El desarrollo intelectual y vital se queda a niveles de pitecántropo. Por eso es que con un ignorante no se puede discutir, no tiene capacidad de abstracción, se cansa pronto de razonar y simplemente no entiende nada o muy poco. Psí­quicamente es hipersensible y como no comprende se pone violento y ofrece golpes. El ignorante, por esta razón, suele ser violento: maltrata, grita y se enoja con facilidad. No razona porque eso no forma parte de su naturaleza.

Igual sucede a veces con los que tienen poca educación y apenas han aprendido a leer. En realidad no entienden los textos y los tergiversan, comprenden las cosas al revés y deducen con error por su escasa capacidad interpretativa. He aquí­ que tiene razón Benjamí­n Disraeli cuando advierte que uno se guarde de los hombres de un solo libro. í‰ste, que a menudo suele ser sabiondo y le encanta citar toda la filosofí­a occidental, suele ser tan peligroso o peor que el simple ignorante.

El problema con los «medio ignorantes» es que piensan que saben cuando no saben y he aquí­ su condenación. El principio socrático de «saber que no se sabe» no está presente y por eso el tonto no tiene salvación. Las dificultades de diálogo son tan imposibles y dolorosas que ni con la paciencia de Job se puede soportar quince minutos de conversación o una lectura de un texto escrito por un bicho así­.

Pero, además, el tener poca educación hace ver el mundo en blanco y negro. Por eso es que el ignorante suele ser categórico, rudo, tosco y fundamentalista. Para él las cosas son como su pequeño cerebro las juzga, no puede ni imaginar que la vida pueda ser distinta, no ve matices, no sabe distinguir y tiene una cabeza con dos o tres ideas confusas. Es repetitivo, se contradice y es incapaz de discutir serenamente sin sentirse ofendido y sin atacar.

Si todo lo anterior es terrible, lo más horroroso de la ignorancia es que compromete la felicidad. Quien tiene poca educación suele ser envidioso, ambicioso, inescrupuloso y nunca se encuentra bien consigo mismo. Suelen tener baja autoestima y muchos complejos. Los demás son una amenaza y regularmente una competencia a vencer.

Serí­a tonto afirmar que todas las personas humildes (sin mayores conocimientos intelectuales) no sean felices o sean un peligro para ellos mismos y para los demás. No es cierto. La experiencia demuestra que hay gente humilde, sabia y que supera con creces a los que «dizque» se sienten -o presumimos- mayor formación. Sólo digo que la falta de educación no permite regularmente alcanzar la estatura a la cual (como dicen los cristianos «hemos sido llamados a realizar») y eso, como dije al inicio no es un negocio para nadie.