Hace 44 años, la señora Noemí Morales era asistida por una comadrona «insalubre y fumadora» de nombre María. Ese 19 de enero de 1964 nació en Jocotenango, Edgar Ricardo Arjona Morales, mejor conocido como Ricardo Arjona. Cantante de protesta durante la adolescencia, estudiante de dos carreras universitarias, maestro y basquetbolista. Hace un par de décadas, Ricardo tocaba por algunos pesos en la peatonal Florida de Buenos Aires. Luego estuvo en Brasil y regresó con una barba desaliñada a Guatemala. Después decidió ir a México, en donde durante tres años anduvo a la deriva, acuñando temas, tejiendo historias y circulando sin suerte por las compañías disqueras. Ahora, ha vendido placas por millones, es un cantautor famoso y tiene públicos devotos en toda Latinoamérica.
Entre la balada y la canción pop, Arjona construye historias simples y cotidianas. Se forjó como un trabajador aplicado, para quien nada queda librado al azar. Es un poeta inteligente, calculador y muy seductor, todo a un mismo tiempo. Con el paso firme de su sangre mestiza, se adentra en otros territorios y habla de políticos y usureros, de corrupción, religión y también de amor a ratos.
Trovador de entre milenios, Arjona reconoce como maestros a Chava Flores, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Serrat y los Beatles, pero primero nombra a García Márquez, pues escribió ciertas canciones tras leer sus libros.
En Cuba puede encontrarse el secreto de la arjonamanía. Allí, la gente conoce sus canciones, pero no han visto su rostro, ya que no sufren el asedio de la publicidad comercial. Ricardo puede ir a un bar cubano en que suene un tema suyo y nadie se daría cuenta que él está en el lugar. Esa libertad le ha permitido componer mucho en Cuba, en donde puede reencontrarse con la calle y con la charla cotidiana.
En mayo del año pasado, Emilio Pevida organizó un viaje a Varadero, un balneario cubano. El conductor del microbús declaró que Arjona era de sus preferidos y aumentó el volumen de las canciones ante el entusiasmo de las mujeres de varias nacionalidades que las coreaban. Una de ellas, Lídice, advirtió: «Lo que ocurre es que Arjona entiende a las mujeres». Y no eran señoras de cuatro décadas para reconocerlo.