El santo Jobs y el Pitecántropus digital


La gran noticia de la semana pasada fue la presentación del iPad, ese artilugio de Appel, destinado según algunos a revolucionar el mundo de la lectura y a cambiar nuestros hábitos de una vez y para siempre.  Yo, que por deporte soy escéptico, tengo mis dudas al respecto.  Y tengo mis razones para estarlo.

Eduardo Blandón

Desde hace unos cuatro años tengo una Palm TX, uno de esos aparatos llamados elegantemente PDA (Personal Digital Assistant).  Es una maravilla a la que sólo le falta que salte una fémina en trajes menores desde el interior mágico: tiene calendario, lista de contactos, bloc de notas, recordatorios y todos los Gadget que uno quiera agregarle.  Con todo, el caverní­cola cibernético no siempre puede sacarle provecho a las propuestas del mundo posmoderno.

 

Un ejemplo puede explicar tanta vida salvaje.  Si se trata de agenda, esa llamada electrónica, por más empeño que he puesto, aún conservo la costumbre de comprarme una de papel y presumirla en la oficina en Enero.  Me gusta escribir en ellas, hacer caricaturas, expresar poemas o simplemente complacerme masoquistamente cuando se extraví­a.  Así­, escucho crí­ticas de quienes me rodean por presumir el aparato sin apenas usarlo. 

 

En cuanto al bloc de notas, dí­game si no soy un Pitecántropus, utilizo todaví­a una libreta pequeña que porto en la bolsa de mis camisas junto a dos lapiceros y un marcador fosforescente.  Mi esposa dice que me veo ridí­culo y muy mal empaquetado, pero «no me hallo» (como se dice en buen nica) sin el bultito cerca del corazón y mi tetilla izquierda.  Para mí­ resulta mucho más cómodo y rápido apuntar notas, direcciones, tareas o lo que se me ocurra en mi fea libretita que cambiarme a mi ahora obsoleta Palm.

 

Si de lectura se trata, bajé un programa de e-Reader que me permite descargar libros en mi PDA.  Por supuesto que he hecho la experiencia: he comprado una media docena en la librerí­a virtual y he intentado cientos de veces terminar alguno, pero ha sido inútil.  Todaví­a llevo mis pequeños libros: las memorias de Hans Kí¼ng, por ejemplo, de 700 páginas y la de Bill Clinton de 1,145 que me hacen aparecer como un vulgar presumido buscando convencer a mis vecinos de mis hábitos lectores.  He sido un fracaso.

 

Usted comprenderá, con los ejemplos que le he escrito, porqué el milagro de Steve Jobs no me quita el sueño.  Sospecho que será un aparato más que estorbará mi bolsillo.  ¿Lo compraré?  De plano que sí­, por aquello del snobismo, la presunción, la tecnomaní­a y hasta por el maldito hábito consumista, pero no me sueño leyendo en él a Foucault ni al buen Marx.

 

Esos artilugios para una cosa me han servido (y ahora me refiero a la Palm y al iPod): para bajar música y hacerme un fanático del podcasting.  Con ellos, no sólo me distraigo mediante música (que tiene la maldición de contaminarme el computador cuando las descargo) sino que me cultivo por medio de audiolibros y programas que el mundo de la tecnologí­a ofrece por montón.  Pero, como usted ya adivinará, comprar esas cosas sólo para los menesteres ya indicados, es un absoluto desperdicio. 

 

Para fortuna del santo Jobs mi caso es sólo aislado y los millones de dólares que verá ingresar por su iPad apenas los puedo sumar en mi Palm.