Esta Guatemala nuestra (aunque les duela a los que se creen ser sus únicos dueños), está llena de múltiples contradicciones. Por ejemplo transcurrieron 18 años para que al fin, el año pasado, la Comisión Nacional del Salario CNS, se pusiera de acuerdo y aprobara un incremento al salario mínimo en el orden del 5 %, en consecuencia, éste quedó fijado en Q62.5 para un tipo de actividades y de Q68 para el sector agrícola y no agrícola. En tanto la Canasta Básica Alimentaria ronda por los Q250. Con estos abismos no puede haber trabajadores que se sientan dignamente reconocidos en su condición de empleados.
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Pero los poseedores del capital simplemente se abrazan a rodeos para mantener las condiciones prevalecientes sin cambios. Ahora resulta que no ha de plantearse un porcentaje, sino que al mínimo que pueden optar quienes se incorporen al trabajo “formal”, debe ser fijado en el marco de una “política de generación de empleos” o, como mencionó uno de los directivos de los comerciantes, que la expresión “salario mínimo” está obsoleta. Cuando en realidad lo que está obsoleto es esa forma de razonar y no estimular la actividad productiva a través de la ampliación de la capacidad adquisitiva del salario. El salario mínimo en nuestro país, históricamente ha sido el máximo que suelen pagar los empleadores. Aquella frase que reza: “la máxima producción posible con la mínima inversión dable”, la han aplicado a la perfección, prácticamente desde siempre. Ello explica por qué una mano de obra “poco calificada”, es la fuente para brindar empleos de “lo toma o lo deja” pues allá afuera hay cualquier cantidad de personas que sí lo aceptarán.
Esos razonamientos son los que en principio no posibilitan un mayor despegue de la economía nacional. Traigo a cuento las declaraciones del ahora Ministro de Economía, que proviene de ese mismo sector que se opone a mejorar la capacidad adquisitiva del salario, cuando menciona que este año habrá un incremento de al menos el 9 por ciento en la recepción de las remesas provenientes de los guatemaltecos residentes en los Estados Unidos de América. Esa cifra no hace sino admitir que no es la pereza, la madre de la pobreza, ésta se origina a partir de las pocas o nulas oportunidades de empleo digno en nuestro país.
A aquellos que tienen la posibilidad de leer, entender, interpretar y hasta contradecir el contenido de esta columna y que además hayan podido viajar fuera del país, no me dejarán mentir que aquí se produce un fenómeno de explotación continuada, para ello un simple ejemplo. Si han visitado alguno de los restaurantes de comida rápida de esas marcas “mundialmente” famosas, se habrán podido percatar que allá en el extranjero hay laborantes entrados en años, en tanto aquí al llegar a cierta edad, son cesados y han de aceptar tal condición desde su primer ingreso. Ese tipo de explotación es extensivo a otro tipo de actividades dentro de la “economía formal” de este nuestro país. Y también se engalanan de la “responsabilidad social empresarial” o de nobles causas de altruismo, para aliviar posiblemente el remordimiento que en el fondo han de sentir al verse tan explotadores.
Sin embargo, esas modalidades de ofrecer empleo, dirán algunos, son mejor que nada. Pero vuelvo a repetir, cuando aquellos paisanos nuestros que han debido arriesgarse para ganar el sustento de ellos y de sus familias allá y aquí, nos evidencian que las injusticias sociales en nuestro país, por más que se disfracen no dejan de ser eso mismo, INJUSTICIAS SOCIALES ancestrales. He ahí entonces el origen del analfabetismo prevaleciente, los altos índices de desnutrición crónica y las pobreza y pobreza extrema, tan extensivas situaciones de exclusión propias de unas mayorías marginadas a las que, de nuevo su aspiración al “salario mínimo” si es que pueden anhelarlo, es el máximo que habrán de recibir de esos nobles empresarios promotores del desarrollo. Terminará el presidente Pérez Molina por abrirse otro frente dictando un nuevo salario mínimo… en pocas horas se habrá de dilucidar.