El regreso del tamagás


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Hace unos tres años La Hora decidió eliminar en la sección de Opinión los pases de una página a otra cuando los artículos eran demasiado extensos, que en su momento Clemente Marroquín Rojas bautizó “tamagases”. Ello supuso que los columnistas tomarían debida nota, moderarían su incontenible verbosidad escritural y por elemental cooperación reducirían las dimensiones en caracteres de sus potenciales tamagases.

René Leiva


Pero poco a poco, casi de forma inadvertida, el imponente y temible tamagás ha regresado con su diminuta cabeza y desmesurada cola a colmar La Hora, el día y la noche.

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Quien incursiona en el mundillo del editorial, la columna de opinión, el comentario periodístico, el artículo de fondo, la crítica o propuesta constructiva (o destructiva), debe dejar afuera toda esperanza (de cambiar la situación, el estado de cosas, la sociedad, el mundo –para mejorar.) Debe  dejar esas nobles intenciones afuera, en la parte exterior, en su casa, en el camino… La insidiosa ilusión de ser entendido, comprendido, tomado en cuenta… Hay tanto saco roto, oídos sordos, ojos con telarañas, voluntades aherrojadas… Aunque puede no estar de más el arte por el arte, arar con arado oxidado en el viejo mar, clamar y predicar en el desierto, regalarle margaritas o perlas a los cerdos (dicho sea con el mayor de los respetos), ver de reojo al disimulante escamoteo, creer en los postergados beneficios de la catarsis opinatoria de (casi) cada día.

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Los expertos en estos asuntos han observado que, incluso, los artículos o columnas de opinión necesitan luz y aire fresco, ventanas abiertas, intersticios, más de una puerta, ventiladores, claraboyas, descansillos o rellanos, uno que otro pasillo, corredores, balcones con macetillas y alguna enredadera surgida por azar; sobre todo aquellos elaborados como apretados edificios de apartamentos, condominios populares o francos palomares, que aprovechan todo el espacio, con horror al piadoso vacío, sin pensar en que son para ser habitados -los edificios- por seres humanos, en la mayoría de los casos.

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Mi amigo tamagás asegura estar agradecido con los columnistas que de modo generoso le han devuelto el espacio que necesita para distenderse, hincharse y estirar el extenso cuerpo con que Dios y la madre naturaleza lo dotaron en tiempos remotos.
(No se pierda, más bien encuentre el próximo capítulo: “Análisis de contenidos en mi amigo el tamagás.”)