El rédito de la mentira


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La actividad acumulativa como impulso vital del capitalismo traga todo a su alrededor sin dejar rincón inerte. En este afán no hay moral que valga, no se disciernen valores y por lo tanto es inhumano, aunque el sistema fue creado por humanos. Si hubiera que imaginar un ejemplo ilustrativo, me viene a la mente el efecto gigantesco, magnánimo, violento pero parsimonioso a la vez, de lo que produce un agujero negro.

Julio Donis


Es seguro que tarde o temprano todos seamos sujetos directos o indirectos de la relación con el capital, y desde muy temprano si no es que desde el vientre, nuestra interacción social es filtrada por la acción del capital, del valor y del mercado. Y de ahí la relación sistémica e histórica que promulga Wallenstein. El mercado pues ha abarcado casi todo, y en el afán por consumir, acumular, poseer o aspirar, se ha instalado un sistema de verdad que se estira y se encoge con la complacencia de todos. Los escrúpulos se pierden y la moral como dije, se pulveriza, no hay ética que sea coherente con un sistema cuyo fin es la acumulación para generar la máxima riqueza posible dentro de un sistema que es finito. La mentira por lo tanto es también relativa, la frontera entre lo que es verdad y pasa a ser ficción es muy difusa, permeable y porosa; es peor, no importa ya si es verdad o falsedad, lo que realmente se impone es consumir y si para eso hay que fingir, parecer o alterar, pues se hace. Con este lente de gran aumento, es relativamente fácil observar lo que traga esa boca insaciable que entre otros, deglute el deporte y dentro de esta gama el deporte de masas es una de las exquisiteces de aquel apetito global. Los objetos convertidos en mercancías con valor y luego puestos a circular en mercados que ahora son globales, han adquirido las formas más variadas. Desde que la actividad deportiva se enlata, los deportistas se han convertido en mercancías que alcanzan sumas medidas en millones y resulta que son personas. La voracidad y la aspiración por tener y ganar todo los juegos posibles, todas las copas que existan, todos los premios que haya, todas las medallas que se pueda, es algo que no tiene límite, y si para eso hay que falsear no importa porque al final también se puede sacar provecho de la mentira. Bajo esa lógica, no es un secreto que los deportistas han sido convertidos en súper máquinas, trastocando su genética misma y aumentando sus niveles de rendimiento a través de substancias que les potencian. Recuérdese al mismo Messi que siendo joven se le alteró la masa muscular y la ósea por métodos poco ortodoxos. Esta práctica que es más común de lo que usted imagina, se hace generalmente con el consentimiento silencioso y complaciente del deportista y el de toda la cadena productiva, entrenadores, técnicos, médicos deportivos, directivos de ligas, dueños de equipos, grandes medios de comunicación y finalmente la afición que se pone la camiseta por su equipo y se dispone a consumir. El terreno pues que impuso este capital acelerado es de gelatina, si hace falta se celebra con una verdad artificialmente construida y si la situación lo amerita se sacrifica y se obliga a la estrella a desmentir, pues al final, también de su confesión se saca provecho. De tal manera que la reciente confesión del ciclista Armstrong debe entenderse como la culpabilidad, no solo de alguien que sucumbió a su propio ego, sino la de toda una cadena de involucrados que también quieren su tajada. Como dije, el sacrificado es eslabón del cual se puede, además, sacar rédito de su mentira.