El realismo ante el problema de la droga


La semana pasada, acompañando a un amigo a una Corte por un asunto de tránsito, escuché a un juez norteamericano a quien tocó reprender a una persona detenida por un problema de tránsito, pero que resultó que iba bajo los efectos de alguna droga. El juez le dijo que a lo largo de muchos años habí­a visto a infinidad de jóvenes que habí­an llegado a ese estrado con idéntico problema y que generalmente volví­an una y otra vez porque se volví­a recurrente el delito. Espere diez años, le dijo, porque seguramente en ese tiempo habrán legalizado la mariguana y usted la podrá fumar sin violar ninguna ley. Mientras tanto, entienda que su vicio viola las leyes y le enfrenta a la justicia.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Eso ocurrí­a justamente el mismo dí­a en que se dieron los acontecimientos en Tikal Futura, donde por el narcotráfico se produjo una balacera que demuestra cuán grave es la situación en Guatemala y en general en todos los paí­ses en los que la debilidad de las instituciones es aprovechada por los cárteles de la droga para enseñorearse en el territorio. Porque la verdad es que estamos hasta el copete con los grupos de narcotraficantes que se han ido extendiendo por todo el paí­s y que son tan poderosos que no existe en el Estado capacidad de respuesta. Ni siquiera en México, donde hay voluntad polí­tica y, además, una enorme y abrumadora cooperación de Estados Unidos, han logrado el éxito en la tarea inmensa de terminar con el trasiego de estupefacientes, no digamos en un paí­s como el nuestro, donde se ha desmantelado al Estado y donde su fragilidad es una invitación constante para que grupos del crimen organizado lo escojan para operar a sus anchas.

Y ciertamente no creo que haya otra salida que la de legalizar la droga como se hizo con el alcohol luego de la terrible experiencia de la prohibición en Estados Unidos. No olvidemos que al declarar ilegal el consumo y el comercio de licores, se propició el crecimiento de la mafia más sangrienta que han sufrido los norteamericanos y ni con la represión del recién creado FBI se pudo poner fin al comercio sangriento de las bebidas alcohólicas. Los puritanos, los que habí­an promovido la prohibición, creyeron que con esa actitud de intolerancia se resolví­a el problema, pero lo que hicieron en realidad fue crear uno mayor.

Lo mismo pasa ahora con la droga, puesto que ciertamente, como el alcohol, hace daño a las personas y hasta puede considerarse como un factor de riesgo para la sociedad, pero el perjuicio que pueda causar su consumo no es, ni por asomo, comprable con el que hace su comercio ilegal por la forma en que empodera a los grupos criminales que se dedican al tráfico de toda clase de estupefacientes.

Mucho más barato serí­a gastar en prevención, en educación e información para limitar el consumo que mantener esa guerra costosa e imposible de ganar que se traduce, además, en irreparables pérdidas de vidas humanas. La cantidad de personas que puedan morir por una sobredosis siempre será menor que las que mueren por la violencia de los narcos. La cantidad de hogares afectados por el consumo de droga y que se pueden desintegrar siempre será menor que la cantidad de hogares que se rompen, irremediablemente, por la violencia vinculada con los narcos.

De suerte que la lógica es muy clara. Yo me atrevo a pensar que los que se oponen a la legalización de la droga son, sobre todo, los que lucran con ese negocio ilí­cito, sea porque son los que lo realizan o porque son los que supuestamente lo combaten y hacen de eso su medio de vida. Pero el sentido común aconseja legalizar la droga.