¿Cuántas veces hemos visto que nuestros políticos dejan las cosas a medias? ¿Miles verdad? Así es que no debiera extrañarnos que un gobierno haga bulla hasta reventar por remodelar un aeropuerto, sin arreglar debidamente la pista en donde aterrizan los aviones o de amalgamarse con políticos de oposición para darse tufos de preocuparse por los pobres, pagándose pensiones a troche y moche, aunque poco tiempo después aparezcan los clavos de siempre. Y así pudiéramos pasarnos los 365 días del año, trayendo a cuenta polvos de aquellos lodos, porque los chapines somos así, la gran mayoría no termina lo que emprende.
Forma parte de nuestra idiosincrasia dejar que el que venga atrás que arree. Que sean otros los que miren de dónde sacan pisto para terminar de rellenar el hoyo del Barrio San Antonio; que los ganadores de las elecciones sean los que enfrenten a las maras mejor organizadas que nunca, que ya acudirán también al recurso de echarle la culpa a los «desestabilizadores» por la situación incontrolable de la delincuencia. Así de tranquilos, que sean otros los que arreen con la desesperación de los pobladores por el constante aumento de precios de los artículos que componen la canasta básica o porque antes que empiece el verano no caiga ni gota del agua potable imprescindible por la oxidada tubería.
Pero la política y la gente que vive de ella es así. No hay modo que entiendan que cosa muy distinta es verla venir que bailar con ella. Ahora, volvemos a ver y oír de los recién apoltronados que les preocupa mucho que los hospitales y centros de salud tengan el personal, equipo y medicinas suficientes, pero olvidan, no sé si a propósito o por ignorancia, que lo que menos se ha hecho aquí es prevenir adecuadamente las enfermedades. Me cuenta un amigo, magnífico servidor voluntario de la comunidad, que cuando ha logrado llevar agua potable a un apartado rincón de tantos que abundan por nuestro país (por cierto, sin usar un sólo centavo del abultado presupuesto de gastos de la Nación) ha tenido que realizar una campaña educativa, en especial con los niños, para que aprendan a lavarse las manos. ¿Es que quién va a saber para qué sirve una computadora si nunca ha visto una sola en su vida? Y a propósito, ¿qué hubo del gran aparato que se hizo por llevar computadoras a las escuelas, sin haberles dotado de maestros para enseñarles cómo se usan?
Más bonito suena eso de que los presidentes centroamericanos andan viendo cómo darle más protagonismo al costoso como improductivo refugio de políticos trasnochados del Parlacen para así reducir las disparidades sociales, entre otras, tanta pobreza e inseguridad pero ¿será eso prioritario en los duros momentos en que nuestra gente sigue desesperada, con el alma y la vida pendiente de un hilo porque al salir de su trabajo no encuentra cómo poder regresar pronto a su casa, al no encontrar el tan añorado servicio de transporte público que a un precio acorde a sus recursos lo pueda hacer con eficacia? Hay que hablar claro, no era la tradicional politiquería la que se quería ver del nuevo gobierno y, antes de que haga crisis, bien vale la pena recordarles aquella frase napoleónica: «Despacio, que estoy de prisa».