La democracia, entendida en su concepto genuino, es el sistema político digno, el más digno de la sociedad mundial, pero, desafortunadamente, no siempre se le honra en los países donde se le ha adoptado y pregonado, más que todo demagógicamente.
Se cometen actos que desnaturalizan y ofenden al sistema de referencia, por lo que se le ha desprestigiado en algunos patios del mundo.
Sin embargo, la democracia ha estado extendiéndose hacia casi todos los continentes y, según parece, está siendo aceptada aun en naciones en las que tradicionalmente ha imperado el fanatismo religioso y el totalitarismo.
Resulta paradójico y risible que en ciertos países, caracterizados por el liberticidio, se hable de que se expresa la verdadera democracia, cuando es todo lo contrario, ya que han sido abolidas radicalmente, como quien dice de un plumazo, las libertades que preconiza el sistema democrático. Podríamos ejemplificar ampliamente mencionando los países de los que se han enseñoreado los dictadores y tiranos como en un festín de chacales…
En nuestra Guatemala de la Asunción y de las espectaculares ascensiones al poder por las buenas o por las malas, la democracia adolece de algunos defectos; no es la que concibieron los sabios de la política-ciencia, sino algo así como una farsa solapada en varios de sus aspectos.
A propósito, cabe citar el caso de las hipercríticas reelecciones de diputados al Congreso, de alcaldes municipales, de concejales y de otros funcionarios de la superinflada burocracia, actos esos nada gratos ni aceptables para el pueblo; para ese pueblo que los politiqueros y los politiquientos marrulleros han vivido defraudando en casi todos los tiempos.
Hay quienes se van a caza de la reelección una, dos o tres veces, si no más, porque pretenden seguir mamando y bebiendo leche aunque la vaca esté flaca, trasijada y muy enferma. Si tuviesen méritos como Arzú, por ejemplo, santo y bueno, pero es la vanidad y la ambición de mando y medro la que los empuja a continuar hasta donde les sea posible; les importa un comino que la gente los rechace como con un puntapié en el traspontín…
No más reelecciones en lo venidero; no más mamíferos insaciables en las posiciones nacionales y municipales, se está diciendo en alta voz en todas partes de la república. Y es que ya “jieden” los zánganos de la colmena que andan volando como a la altura del trapeador…
Se necesita nueva sangre, no contaminada o maleada, en los cargos de “elección popular” que, por cierto, de elección popular nada tienen. Es solo un sector del pueblo, los avilantados líderes del partidismo, o bien la escindida masa ciudadana, participante en las alharaquientas campañas, los que rellenan con sus votos las panzas de las urnas.
A los individuos que han cumplido ya un período de funciones, eficientes y honestas o deficientes y deshonestas, hay que mandarlos a echar pulgas a otra parte, sobre todo si se detectan anomalías, tales como manejos turbios de los dineros del pueblo que, al presente, son millonadas; como convertir en harenes sus oficinas recurriendo chantajeramente al acoso sexual; como abandonar con frecuencia lo que está en el fuero de sus gordas obligaciones por entregarse a la politiquería oficialista o de la llanura.
Los politiqueros y los politiquientos irreductibles, realmente no son dignos de calentar cargos que les den facultades decisorias, a fin de evitar intereses creados, los abusos y la corrupción campeante. ¿Estamos, señores del jurado?
Todo, todito, todo debe cambiar en las alturas y a lo bajo de la sociedad en nuestro país para ir normalizando la vida nacional en todo sentido. La violencia criminal que está rayando en el terrorismo contra la sociedad y la delincuencia en todas sus nefastas manifestaciones, la corruptela, los relajos de calles y carreteras y todo lo demás que es absolutamente negativo, debe ir terminando tempranamente en la nueva jornada cuadrienal del régimen del PP. Ya es insoportable lo que acontece. Muchos asaltos, muchos robos; menudean los secuestros, a diario se perpetran horrendos crímenes de lesa humanidad contra hombres, mujeres y niños, y casi todos esos hechos están quedando impunes porque los tribunales de justicia se hallan atiborrados de procesos de orden penal, y las investigaciones parece como si han pasado a la sangrienta historia. ¡Qué infortunio!…
El gobierno, que con evidente respaldo popular preside actualmente el general Otto Pérez Molina, podría ser merecedor de un CIEN si en su gestión de gran responsabilidad da “caravuelta” a la situación que poco o nada ha abonado a las autoridades en la mayor parte de los períodos constitucionales del pasado. ¡¡¡Ojalá que no se siga arando en el desierto!!!