El pueblo siempre es perdedor


Al final de cuentas está demostrado que el pueblo resulta siempre perdedor. Triste papel, no cabe duda, pero es la verdadera verdad, desde remoto tiempo. Sin importar cómo, cuándo y dónde, esto viene a ser respectivo a manera de estampa cruda, distante de la ficción y mantenido en forma permanentemente.

Juan de Dios Rojas
jddrojas@yahoo.com

A lo largo y ancho de nuestra historia constituye el mismo papel protagónico que se ve obligado a representar, sea de su agrado, o no. Este cuadro pesimista y manipulado, humano aún así­ lamentablemente, continúa quién sabe por cuanto más de tiempo, falto del sostén indispensable para hallar en medio de todo, solución.

Sólo alcanza una inconfesable atención por el interés de la clase polí­tica dominante, en ocasión de los comicios generales que ya no convencen. Mediante una cadena de ofrecimientos vanos, demagógicos, logran los votos en su favor. Pero después, la historia vuelve a tener repetición, reducida a si te vi, no me acuerdo.

En el mismo orden de ideas y cosas, además con vieja maña consiguen enrolar a sectores numerosos de la población, para fines de inscripción de nuevos partidos en el TSE. Cuando no, atraen un mayor contingente de adeptos que se agreguen campantes y engañados por enésima vez, en los ya inscritos.

Durante cualquier negociación entre las partes en conflicto, el pueblo ocupa lugar solamente de palabras, pronunciamientos y discursos prosopopéyicos. Porque si hay quien gane, al término de pláticas y consensos cajoneros, jamás ni nunca es el pueblo que obtiene beneficio alguno remotamente, sea como sea en dicho barullo.

Por consiguiente, queda nada más de referente en diversas ocasiones muy a menudo, digan lo que digan, hasta ahí­ llegan los asuntos de rigor. Encaja bien ni vuelta de hoja el antiguo refrán harto sabido, que como maceta, invariable, del corredor no ha de pasar. ¡Qué inocente, generalizando, es nuestro paí­s!

El respeto merecido y que se le debe tener al pueblo mayoritario, atendiendo a su calidad de verdadero soberano, ello está por verse aunque sea el dí­a del Juicio Final. Mientras existan intereses mezquinos y poderes ocultos esto proseguirá siendo una quimera porque el mismo no se atreve a levantar la cabeza.

De pretexto, hablando claro, se menciona a la población con palabras que se las lleva el viento, de cara a perseguir no ocultos intereses bastardos. Visto está eso sí­ cómo juegan con su nombre tras la consecución de planes de espí­ritu publicitario. Que se conviertan en hermosas realidades nadie lo espera.

Sin embargo, tocante a la auténtica población, de buena fe confí­a de nuevo en los casos donde su papel es mero cuento. Pecan de ilusos otra y otra ocasión, resultan siendo ví­ctimas directas de tantas marañas lamentablemente. No sabe uno a ciencia cierta a que atenerse, puesto que hay decepciones a granel y pendejos.

Lo único que logra la población en todo lo habido y por haber, es enriquecer su experiencia, un costal sin fondo. Aunque se torna con demasiada razón desconfiado el colectivo mismo y suspicaz. No hay alternativa sobre el particular, un verdadero laberinto descomunal, digno de lo increí­ble pero cierto.

Hora es ya de sobra y con suficiente derecho que suceda el tan esperado cambio posicional en el esquema nacional. Que el pueblo ocupe con el derecho que le asiste, el lugar bien ganado. Dispuesto a rechazar ofrecimientos incumplidos y asuma con firmeza su rol prioritario en aras del bien común.