El problema de las apariencias


Confieso que soy un completo ignorante del tema de los fertilizantes y me tengo que atener a opiniones ajenas que pueden o no ser interesadas o tener sesgo a favor de determinados negocios. Sin embargo, es importante señalar que el papel protagónico que juega el señor Roberto Dalton en el conflicto desatado por el tipo de fertilizantes que se pueden adquirir con los aportes del Estado, afecta seriamente la credibilidad del gobierno porque por más que uno quiera pensar que está procediendo de manera correcta, queda la duda de si sus decisiones tienen o no que ver con los intereses de la empresa Disagro.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Las percepciones en polí­tica son tan importantes como la realidad, aunque muchas veces entre ellas exista abismal diferencia, y en el caso actual es importante señalar que existe una tacha de entrada al desempeño que en el gobierno de Colom tienen los más importantes financistas de su campaña polí­tica que, a diferencia de lo que ocurrí­a en otros gobiernos, no se limitaron a mantener influencia sino que de una vez se asignaron posiciones en las esferas de decisión del régimen.

Algunos conocedores me dicen que el señor Dalton está en lo correcto al imponer ciertas prohibiciones para que se adquiera con fondos públicos determinado tipo de producto que, según esas personas, no reporta en verdad beneficio para los agricultores y en alguna medida puede considerarse como una estafa. Otros, por el contrario, dicen que el señor Dalton está aprovechando para sacar del mercado a sus competidores mediante la estigmatización de un producto que es correcto para determinadas áreas del paí­s en donde no se puede aplicar exceso de nutrientes. Repito que no tengo conocimiento como para calificar quién tiene la razón, pero sí­ el olfato para entender que teniendo o no razón, el proceder del señor Dalton deja la percepción de que es otro caso más de tráfico de influencias y de cobro de facturas polí­ticas.

Podrí­a decirse que resulta injusto que se hagan juicios así­ respecto a personas que tienen buena intención para trabajar por el paí­s, pero si nos ponemos la mano en la conciencia las razones para dudar no son superficiales y hay demasiadas pruebas contundentes de por qué los inversionistas financian campañas polí­ticas y el beneficio que obtienen de esa transacción. No es únicamente un caso, sino que se trata de una constante que revisada a la luz de la historia nos demuestra que nuestro sistema polí­tico tiene un graví­simo pecado original porque resulta que todos, sin excepción, los que han hecho grandes aportes, terminan sacando raja porque a la larga era eso lo que les interesaba.

Cierto es, y hay que admitirlo, que no se ha visto todos los casos con la misma lente ni se miden con igual rasero, porque en materia de corrupción la sociedad (y los medios de comunicación, por supuesto) tienen parámetros diferentes. Los trinquetes de gente de sociedad son vistos como «negocios», mientras que los que hacen los gobiernos de los «chorreados» son simple y sencillamente hueveos. Así­ somos y así­ nos comportamos, desafortunadamente, pero la verdad monda y lironda es que hasta el dí­a de hoy el ejercicio de poder ha servido más para enriquecer a funcionarios que para beneficio de la población del paí­s. Y esa percepción no la borra nada, ni siquiera una docta y sesuda explicación de cómo funcionan los fertilizantes.