Panamá solicita hoy, formalmente, su salida del Parlamento Centroamericano (Parlacen). Una decisión que no ha generado muchos comentarios, a pesar de que simboliza el momento que vive el Istmo.
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No es una decisión sorpresiva, porque desde su campaña presidencial, Ricardo Martinelli, mandatario panameño, lo había prometido; sus votantes aceptaron esta propuesta como válida y necesaria, y fue uno de los ganchos que utilizó para ganar las elecciones. Hoy, su canciller Juan Carlos Varela pide la salida del Parlacen, en la sede central de Guatemala.
La decisión, a mí, no me parece del todo correcta, pero, al menos, espero que presione un poco a los países miembros a repensar el papel del Parlacen, porque si no, de a poco, se irá desintegrando. Estoy seguro que en las elecciones de 2011 en Guatemala, la mayoría de candidatos podría estar ofreciendo lo mismo, y los votantes podríamos sentirnos atraídos por esa idea.
Tras el anuncio oficial de Panamá, el Parlacen tiene de plazo tres meses para ratificar o rechazar la decisión. Me imagino que los diputados de este foro regional se opondrán e intentarán evitar a toda costa la salida de los canaleros porque significaría el principio del fin.
La decisión no es del todo correcta, decía yo párrafos atrás, porque cuando el anda procesional está a punto de caerse, no significa que hay que quitar el hombro, sino más bien de meterlo con más fuerza. Y Panamá, lejos de proponer una mejora al Parlacen, decide salirse.
Claro, el presidente Martinelli tiene la justificación (así como el resto de países) de que el costo del Parlacen es muy alto, comparado con los resultados. Sin embargo, habrá que recordar que toda organización internacional, como la ONU o la OEA, a la cual pertenece Panamá y la mayoría de países de América, también representa un costo, quizá mucho más alto que el Parlacen. La diferencia es que la ONU y la OEA, mal que bien, ayudan a mantener cierta estabilidad democrática.
La propuesta -en vez de la salida de Panamá- sería que el Parlacen de veras tuviera decisiones vinculantes, sobre todo en los asuntos que sobrepasen las fronteras centroamericanas; sería mucho más sencillo, para ciertas situaciones, que se discutiera sólo una ley en el Parlacen, que una en cada Congreso de los países.
Sin embargo, he ahí el verdadero meollo del asunto, porque los países centroamericanos, desde su independencia de España y México, han optado a seguir cada quien por su camino, actitud patrocinada por las familias hegemónicas de cada país, que prefieren gobernar en su pequeño reducto, a ser cola de ratón de un territorio un poco más extenso.
Los centroamericanos tenemos miles de cosas en común, incluso todo, menos la voluntad política. Si usted se sienta a la mesa con un hondureño o un nicaragí¼ense, verá que nos comprendemos sin mayor esfuerzo. Para la integración regional, lo tenemos todo a favor: idioma, modos de producción similares, aliados políticos, territorio común, cultura similar, etc. Incluso, una integración económica es mucho más viable, ya que en eso hay consenso entre los empresarios centroamericanos, y por ello, cuando Panamá anuncia su salida del Parlacen, también pide su ingreso al Sistema de Integración Económica de Centroamérica (Sieca).
Pero para poder hacer realidad el sueño de un Parlacen vinculante, primero debemos limpiar a este foro de gente que en muchos años no ha hecho ninguna propuesta y que están allí gozando de una inmunidad, sin que en realidad la necesiten, porque la inmunidad es válida para los funcionarios que trabajan y que no deberían perder tiempo en atender a cualquier denuncia penal que reciban.
Ojalá que la voz de alerta de Panamá se tome en cuenta para mejorar este foro regional, porque si sigue así, no sólo los canaleros, sino todos los países, tendrían sobradas razones para desmantelar el Parlacen. (http://diarioparanoico.blogspot.com)