El primer pontífice americano para una nueva primavera de la Iglesia


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El libro que ahora comento llegó a mis manos por azares del destino. No lo busqué, cayó casi del cielo. Creo que fue Dios disfrazado de monja el que me lo sugirió cuando buscaba literatura mucho más seria, nada vinculado al “boom” de la mercadotécnica religiosa. Caí.

Eduardo Blandón

La monja me hizo comprar el texto y lo leí de un solo tirón.  Pero no se entusiasme.  Quiero hablarle de las virtudes y defectos de la obra que no es ni barata ni producto de una editorial improvisada.  De hecho, la edición lleva el sello de Desclée De Brouwer, una archiconocida editorial en el mundillo teológico y religioso; y de Religión Digital Libros que es, dicen algunos, “el principal portal de información religiosa en España”.

            Empecemos por las generalidades de la obra.  En primer lugar sus autores. Un rápido examen por la red, apunta que José Manuel Vidal es periodista especializado en temas ligados a la curia romana y al clero español.  Es autor de una obra (entre otras) titulada “Los dineros de Dios”, publicada  por Biblioteca Escéptica en el año 2008.  Jesús Bastante Liébana es licenciado en periodismo, más joven que Vidal, y dedicado a temas eclesiásticos. Fue responsable de información socio-religiosa del diario ABC.

            La división de los capítulos del libro es todo un misterio, pero puede afirmarse que mientras algunos fueron escritos por una pluma seria y avezada, otros fueron elaborados por un jovenzuelo todavía imberbe e inclinado hacia la literatura conspirativa.  Eso hace que la obra sea irregular y que den ganas de tirar el libro por sus accidentes.

            Es lo que le sucedió justamente al censor del Opus Dei en España que de manera extrema sancionó la obra e impidió que llegaran éstas a sus negocios. Javier Gogeascoechea, consejero de Desclée lo dijo así: “Lo han censurado. La única razón que han dado, es que hay algunas frases que están mal, y, literalmente: ‘Bueno, no, es que nuestros lectores no van a aceptar esto’…”  Exageran, esto es claro.

            El libro está compuesto por ocho capítulos y un epílogo.  Cada uno de ellos aderezados con lenguaje periodístico transparente, directo y sin demasiadas pretensiones.  Su propósito es claro: mostrar las peculiaridades de la elección del nuevo pontífice Francisco, los desafíos que enfrenta y el optimismo que conlleva su llegada a la sede de Pedro.

            ¿Logran su cometido?  A veces sí y otras no.  En ocasiones, por ejemplo, cuando escriben de los entresijos que acompañó la elección del Papa Francisco, se puede legítimamente dudar de los hechos presentados.  Es muy difícil confiar cuando los periodistas afirman que tiene fuentes que no pueden revelar, pero dignas de crédito.  A partir de esas revelaciones privadas de cardenales que tuvieron en el cónclave, ellos sacan sus conclusiones y arman sus propios artificios.

            Otro capítulo digno del basurero es el dedicado a un menesteroso que se encontraron en la Plaza de San Pedro y que ellos dejan en claro que se trató del propio san Francisco de Asís.  En un relato falto de imaginación y pletórico de fantasía medieval, quieren persuadir al lector que el pobrecillo de Asís estaba expectante en esa ocasión, ansioso por conocer el resultado Cónclave. 

            Pero si esto ya deja un sabor feo en la boca, el capítulo titulado “Francisco, ¿el último papa?”, es mucho peor.  Los periodistas dedican páginas enteras a las profecías de Malaquías y a elucubrar sobre las posibilidades de que en realidad estemos a las puertas del apocalipsis.  No cabe duda que uno de los periodistas conspiró contra el propio libro y, en un ritual japonés, aniquiló la obra.

            Después del horroroso capítulo ocho y como ignorando cómo terminar el texto, se concluye con un epílogo.  ¿Pero qué es el epílogo?  Un largo y medio aburrido discurso del Papa Francisco.  Una forma poca ortodoxa de epílogo que quizá muestre la prisa por presentar el texto a la editorial.  Nada de balance ni síntesis: un discurso a secas del papa argentino.

            Con lo que ya se puede decir que el libro puede descansar en alguna especie de panteón bibliográfico.  El Opus Dei se equivoca prohibiendo su venta, es una estrategia inquisidora de hombres brutos, lo mejor que pueden hacer es propagarlo, dejar que sea el propio texto que se desvirtúe por sí mismo.  Lo que me maravilla, sólo comprensible desde el ángulo económico, es que Desclée De Brouwer publique un texto así.  Apuesto a que un comerciante dirige la editorial.