«Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquellos endemoniados instrumentos de la artillería».
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En la actualidad basta con un cobarde brazo alargado por un caño para cegar la vida de valientes caballeros; el genio de Cervantes aún nos acusa y desde el fondo de los 400 años del Quijote se asusta de nuestra modernidad.
Hemos rebasado cualquier expectativa como intento de sociedad, y al parecer ya ningún acto por violento que sea, tiene la capacidad de hacernos reaccionar, la facilidad con la que nos matamos diariamente, no preocupa, nos entretiene.
Los políticos reclaman su cuota de beneficio, y el proselitismo de una lucha salvaje por la intención del voto oscurece aún más este proceso mal llamado democrático, en donde los protagonistas como ideólogos religiosos ofrecen el paraíso donde los temores más íntimos abrazados por el ciudadano no existirán más.
Sin mencionar que la violencia también se ha tornado en un negocio que contribuye a muchas cuentas bancarias, la sangre y la muerte alimentan el activo de empresas que amparados en el libre mercado y la libertad de prensa, aportan en la deshumanización de un país en crisis.
Un ejemplo claro lo ofrece la charla que mantuve hace algunos días con un amigo reportero de un canal de televisión abierta, en la cual me describió la manera en la que era felicitado por su editor cuando se presentaba al canal con una nota con la suficiente cantidad de sangre.
Es una pequeña celebración, similar a un momento orgásmico, el dios del placer se regocija con la noticia que abrirá el segmento de sucesos; momentos como estos me hacen cuestionar ¿cuánta enfermedad en el alma de la sociedad moderna?
La irresponsabilidad del silencio cómplice reta los síntomas de la nausea, mientras ciudadano de a pie, se suma a la estadística de homicidios amparados por la impunidad; peones, nadie se preocupa por los peones.
Argumentos como éste me han válido en más de una ocasión acusaciones y señalamientos de idealista romántico, incapaz de asumir el ritmo y las modalidades de la modernidad, donde el pragmatismo debe ser la regla.
Quizá tengan razón, por eso ahora elijo finalizar, y es que siento una necesidad de vomitar sobre sus argumentos, políticas empresariales, discursos demagógicos, leyes y legados.