El policí­a héroe


Mario Cordero afirma que no hubo heroí­smo en los agentes de policí­a que en diciembre enfrentaron a un grupo de maleantes en Prados de Villa Hermosa. No fue una «acción positiva» condecorarlos, pues, «no es heroí­smo hacer bien el trabajo que se tiene asignado». Estos reconocimientos no son válidos ante el trastrocamiento del sistema de premios y castigos en Guatemala. De ahí­ que «funcionarí­a más si se castigase a los delincuentes y se premiara a los que realmente han hecho algo excepcional».

Marco Vinicio Mejí­a

Según Cordero, debe evaluarse si el jefe del operativo «cumplió con el deber» de proteger a los «policí­as muertos» en la balacera «y más que la familia reciba una condecoración especial de su pariente muerto en acción, deberí­a recibir la notificación que una investigación se lleva a cabo para establecer a los responsables de su fallecimiento». Aparte de la confusión sintáctica, el articulista no tuvo el cuidado de mencionar que el único policí­a muerto en el enfrentamiento fue Agustí­n Gallina Chón, de 32 años, quien en compañí­a de otro agente, llegó hasta un ventanal del cuarto donde se refugiaban los seis maleantes. El intrépido policí­a llevaba consigo una bomba de gas mostaza (más asfixiante que una lacrimógena), para hacerla estallar dentro de la guarida. Los bandoleros dispararon contra Gallina Chón, quien cayó mortalmente herido. «Vos, mi hija… Vos, mi hija…», fueron las últimas palabras que pudo balbucear a su compañero, antes de morir. Su última preocupación era Keyli Elayne, de 4 años.

La escritora colombiana Laura Restrepo escribió: «En esta sociedad de consumo, nada hay más cursi que el heroí­smo, dar la vida por algo y el culto a los muertos». Al pensar en la forma en que Gallina Chón murió en su esfuerzo por contener el avance del delito, algo muy í­ntimo deberí­a quebrarse en el núcleo espiritual de la comunidad civil.

El primer deber del Estado es defender la vida de sus habitantes. La policí­a es la frontera que nos separa de la barbarie homicida. Ellos y ellas tienen el deber de proporcionarnos seguridad, pero la sociedad debe hacer lo posible, a su vez, para que puedan cumplir esa misión en las mejores condiciones posibles y con el reconocimiento que merecen, como en el caso de Agustí­n Gallina Chón, por su voluntad de lucha y su disposición de ofrendar la vida por defender el orden y asegurar el imperio de la ley.